Transformaciones para lograr escuelas más inclusivas

Autor: Marcia Rivas Publicado: octubre 21, 2022

Muchas veces nos encontramos con docentes sumamente entusiasmados con la idea de la educación inclusiva, quienes asisten a espacios de formación y capacitación con la intención de innovar y mejorar sus prácticas pedagógicas para atender a la diversidad.

Después de algún tiempo ensayando en el proceso, estos docentes mejoran su acción en el aula y sus estudiantes empiezan a lograr avances en cuanto a su participación y aprendizaje. Sin embargo, estando cerca al cierre del año escolar, estos mismos docentes recurren a nosotros con la pregunta ¿qué va a pasar el próximo año con él o ella si el docente que le toca no está dispuesto a implementar prácticas inclusivas? ¿cómo le podemos dar continuidad en el proceso? ¿y si yo sigo con él qué pasará cuando acabe la primaria?

Estos casos no son aislados, y suceden especialmente en escuelas cuyas políticas, culturas y prácticas institucionales se han quedado en lo tradicional y la inclusión no ha pasado a formar parte de su marco de políticas y de valores. Debemos volver entonces a lo básico y replantear si estamos realmente entendiendo qué es la educación inclusiva, y qué implica.

Según Booth y Ainscow, para avanzar hacia la educación inclusiva, debemos considerar cada aspecto que influye en el proceso de enseñanza aprendizaje de las y los estudiantes. Es decir, la implementación de la educación inclusiva implica la instalación de un proceso de mejora en el cual se toman decisiones decisiones con la finalidad de crear culturas inclusivas, crear políticas inclusivas y crear prácticas educativas inclusivas[1].

Estas tres dimensiones: culturas, políticas y prácticas educativas, articulan la vida escolar; por lo que si una de las tres no es abordada, será muy difícil avanzar hacia la construcción de una escuela más inclusiva.

  • Las culturas reflejan las relaciones, los valores, principios y creencias profundamente arraigadas en una comunidad educativa. Se vinculan a los paradigmas sobre lo diferente y la valoración personal y social de la diversidad en el entorno educativo.
  • Las políticas tienen que ver con cómo se gestiona el centro y con los planes o programas que en él se planifican e implementan, incluyendo las normas y procedimientos escolares como el reglamento interno, el plan institucional, la política de admisión, el plan curricular, la política de convivencia escolar, etc.
  • Las prácticas son las acciones concretas que se realizan cotidianamente por parte del equipo docente y otro personal para generar el aprendizaje de las y los estudiantes.

Dado que se necesitan hacer transformaciones en cada una de estas dimensiones, cada escuela deberá iniciar su propio camino hacia volverse más inclusiva, y para ello puede utilizar como referencia los indicadores propuestos y desarrollados en el documento denominado “Index” o “Índice para la inclusión”, el cual fue desarrollado en el año 2000 por Mel Aiscow y Tony Booth, y el cual ha sido traducido en diferentes idiomas, actualizada, validada, aplicada y adaptada por organizaciones gubernamentales, académicas e internacionales en diferentes proyectos para la mejora de escuelas hacia la educación inclusiva.

Por supuesto, el proceso que describe el “Index” es solo una guía para que las escuelas avancen hacia la educación inclusiva, pues cada comunidad educativa deberá seguir su proceso de recolección de información que le permita autoevaluar en dónde están con respecto a la inclusión y establecer prioridades para avanzar hacia la inclusión. La meta de la inclusión no se consigue ni de meanera inmediata ni definitiva, pues siempre podremos encontrar algún ámbito en nuestras escuelas para mejorar. Por ejemplo, podemos estar respondiendo con equidad en la atención de estudiantes con discapacidad, pero no tanto a las necesidades de estudiantes migrantes.

En este marco, el liderazgo de los directivos de la escuela juega un rol fundamental. Es desde este liderazgo que la comunidad educativa podrá establecer y comprender el “por qué” quieren convertirse en una comunidad educativa inclusiva. Del mismo modo, el equipo directivo proveerá un buen marco de planificación para las mejoras e innovaciones que sean necesarias de implementar en cada una de las dimensiones de la vida escolar, y gestionará los recursos para hacer sostenible el proceso.

En resumen, para que los esfuerzos de inclusión no se vean limitados solo a la acción docente, que tiene sus límites en el aula; es necesario pasar a comprender la educación inclusiva como un proceso más integral, que requiere transformaciones que permitan que toda la vida de la escuela se “tiña” de inclusión. Esto implica una decisión de liderazgo dentro de la escuela para iniciar un proceso de cambio que permita hacer que las culturas, las políticas y las prácticas escolares sean poco a poco más inclusivas.


[1] Booth, T., & Ainscow, M. (2000). Index for inclusion. Developing learning and participation in schools. CSIE.

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