El Mundial de la Educación Mediática

Por: Julio César Mateus.

Los Mundiales de Fútbol son acontecimientos emocionantes, qué duda cabe. ¡Solo la final de Brasil 2014 fue vista por más de mil millones de personas! Ahora que la selección peruana volvió a participar en uno es notoria la ilusión general. En muchos colegios del país, cuando los horarios coincidan con los partidos, probablemente se organicen actividades para disfrutarlos. Pero estos eventos deportivos son también una oportunidad perfecta para conocer otras culturas y explotar la enorme cantidad de información que recibimos por los medios. Es importante, entonces, desarrollar propuestas didácticas que aterricen en el aula (como estas orientaciones pedagógicas [ejemplo 1, ejemplo 2] u otras iniciativas elaboradas para desarrollar un proyecto de Matemática, abordar las funciones del lenguaje o trabajar la prevención del bullying, por ejemplo).

Desde el primer campeonato mundial de 1930, en Uruguay, el fútbol ha cambiado en sus reglas, los estilos de juego y en la industria que genera a su alrededor. Cada país le aporta un sello de identidad. Igualmente, la educación mediática tiene orígenes remotos, aunque su desarrollo no ha sido tan impactante ni conocido, como cuenta este artículo. En algunos países, la educación mediática sí ha logrado adentrarse en el imaginario docente y calar en los proyectos educativos nacionales; en la mayoría, sin embargo, sigue siendo el resultado de grupos entusiastas.

Los inicios de la educación mediática se remontan a la década del 20 del siglo pasado, precisamente a Rusia, sede del actual Mundial. Allí se fundaron organizaciones de maestros y aficionados con el fin de promover el análisis del cine. Sufrieron, sin embargo, represión de la dictadura estalinista, lo que marca una constante en todos los regímenes autoritarios, interesados en controlar los contenidos de los medios. Ocurrió lo mismo en el Perú durante las dictaduras de Velasco Alvarado –con la expropiación de los medios y los comités de censura– y de Fujimori –con los “diarios chicha” y la compra de líneas editoriales–. Aún hoy, en democracia, se debaten proyectos de dudosa finalidad en este sentido. La educación mediática representa, de muchas maneras, el tipo de formación que un estado quiere darle a sus ciudadanos.

Otro país pionero de la educación en medios es Francia, donde también desde 1920 se celebran eventos en favor de la educación audiovisual, una de las marcas distintivas de su modelo educativo. Es importante notar que su modelo promueve el desarrollo del espíritu crítico, así que aquello que denominan educación crítica de los medios resulta muy coherente con esa finalidad. Los galos cuentan con un Centro de Enlace entre la Educación y los Medios de Comunicación que promueve coincidencias entre los sectores educativo y mediático, además de una producción audiovisual de reconocida calidad.

Gran Bretaña y, por extensión histórica y cultural, Canadá y Australia, también son importantes puntos de referencia. Aunque su enfoque inicial fue proteger a los estudiantes de la influencia de los medios, luego tomaron distintos rumbos traducidos en políticas públicas que impactaron en la formación inicial docente y el diseño de cursos escolares específicos. Por otro lado, Finlandia, país con reconocida calidad educativa, impulsa la formación de “pedagogos mediáticos, asesores que visitan las escuelas para orientar a sus colegas sobre la mejor forma de integrar los medios y trabajar con ellos en clase transversalmente.

El éxito de los países que mejor desarrollan la educación mediática está en el sistema que han logrado construir (conformado por institutos, consejos audiovisuales, universidades y organizaciones sociales) y la claridad con sus objetivos formativos. Es este sistema el que promueve la corresponsabilidad educativa de los medios al tiempo que garantiza y preserva su pluralidad y calidad.

Como vemos, en el fútbol y en la educación mediática cada país cuenta con una tradición propia, directamente vinculada con su identidad. Los países latinoamericanos, de gran arraigo futbolero, tienen en este sentido una deuda con la educación de medios, a pesar de haber cultivado una riquísima tradición a la que nos referiremos en otro post. Por lo tanto, así como nos llena de orgullo ver a nuestra selección de fútbol en la élite de los mejores países, deberíamos tener el mismo entusiasmo por ver a nuestros estudiantes en la élite de la educación mediática. Solo así les ganaremos el partido a la desinformación del periodismo basura, a la paupérrima calidad de nuestra tele y reclamaremos una industria de medios que, hasta ahora, solo parece un “sueño mundialista”.

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