Influencers: Educación cívica y medios

Como contrapunto a las noticias políticas de las últimas semanas, ocurrió una curiosa intersección entre la educación cívica y los nuevos medios. Hace algunos días la SUNAT anunció que había citado a varios personajes muy conocidos del Internet peruano. El motivo de la cita era para capacitar a estos influencers sobre sus deberes de tributación al Estado, y de paso, informar a la ciudadanía general sobre su labor como entidad recaudadora necesaria para el desarrollo del país.

¿Cómo se define un influencer y por qué son sujetos de tributo?

Básicamente se trata de personas naturales que se dedican a crear contenido y mantener interesada a una audiencia con características determinadas, y de esta manera, promocionar –directa o indirectamente– productos o servicios propios o de terceros. Es algo muy similar a lo que hacen las marcas en televisión o cine, relacionando un producto a un personaje y así conseguir publicidad dirigida a mercados específicos.

Los influencers perciben ingresos por publicidad que, en muchas ocasiones, no son declarados de manera correcta. Debido a que es una actividad relativamente nueva, el tipo de tributo no ha sido aún reglamentado. Según la SUNAT, el tipo de actividad debería ser declarada como una de tercera categoría, es decir una renta empresarial, por servicios prestados a terceros. Por el contrario, algunos influencers consideraban que se trataba de una renta de primera categoría, ya que interpretaban que solo estaban cediendo pasivamente su espacio en la web a empresas. Efectivamente, este tipo de renta es de tercera categoría, ya que involucra labor remunerada.

No obstante, otro argumento para realizar este tipo de capacitación y difundirla en las redes sociales de SUNAT y la prensa, involucra directamente a la educación mediática, nuestro interés inmediato en este blog. En esta época en que los medios tradicionales y digitales están entrelazados y los códigos mediáticos se difuminan entre sí, ¿cómo podemos identificar un aviso publicitario contratado de la ficción o realidad aparentes?

Ver también: “Es preocupante la falta de recursos de los niños para entender la publicidad de forma crítica”: Entrevista a Mònika Jiménez

Una manera de orientar a las audiencias, que en muchas ocasiones no están del todo capacitadas para discernir contenidos o navegar de manera informada en Internet, es hacerlo desde los organismos estatales. Algo que también fue planteado en las capacitaciones a los influencers fue la inclusión de una declaración explícita en su contenido, para definir si se trata o no de un aviso contratado. De esta manera, estamos ante una práctica mediática más ética y con miras a educar al público en general en medios.

Más información sobre el plano legal y económico: 

El periodismo también educa (o debería)

¿Tienen alguna relación la baja calidad de la oferta educativa y periodística en el Perú? Mucha. Cuando se refieren a la crisis de la educación, los periodistas apuntan a las escuelas y a los maestros, pero no pasa lo opuesto. ¿Por qué? Por un lado, porque muchos de los propios periodistas construyen un discurso moralista que los ubica como fiscales y jueces de todo cuanto pasa. Por el otro, porque el papel e impacto de los medios –parte de la educación mediática en la que tanto insistimos– son asuntos que no suelen abordarse en el aula. Entonces, sin herramientas para criticar la calidad de una noticia es fácil acostumbrarnos al nivel pobre del periodismo farandulero que convierte la información de todo tipo en un espectáculo insulso.

Así es lógico que olvidemos –o no nos hayamos enterado– que el sistema educativo tiene más actores que los alumnos, los docentes o los padres. Actores como los periodistas, cuyo impacto en la educación es notable al ser los responsables de producir la información que consumimos todo el tiempo y que constituye la materia prima de muchas de nuestras decisiones cotidianas: desde por quién votar, qué alimentos consumir o hasta juzgar quién miente. Esa información, desde luego, está cargada de una promesa mínima: haber sido contrastada con rigor. Pero ya ni eso. La información devino para la mayoría de nuestros periodistas en algo parecido a la opinión. Y acaso, porque la opinión sin argumento ni evidencia, puede ser un bostezo o un eructo, pero no una opinión.

El auge de los medios sociales rompió el esquema emisor-receptor que por décadas brindó al trabajo periodístico el poder singular y exclusivo de elegir aquello que era noticia de lo que no. Es decir, de definir la información a partir de las cual formamos nuestras ideas del mundo. Hoy, que cualquier ser humano con acceso a internet produce y reproduce noticias, lo hace siguiendo, para mal, muchos de los vicios de aquellos profesionales teóricamente formados para evitarlos. Los periodistas son importantes y lo serán más en el futuro, sobre todo en un contexto donde las realidades son construidas por encargo a punta de noticias falsas.

Por esto resulta importante insistir en el rol del periodista en nuestra educación. Denunciar a quienes abjuran su misión de buscar la verdad, y a quienes canjean la romántica bandera de la objetividad –utópica, pero imprescindible– por la bandera de la popularidad, conseguida a punta de clickbaits, chismes, pruebas filtradas o el más burdo intercambio de favores. Sobre todo en un contexto mundial donde mueren dos periodistas por semana en países como Afghanistán, México o Brasil tratando de hacer bien su trabajo, según el más reciente reporte de la UNESCO sobre Libertad de Expresión, confirmando el alto riesgo que conlleva su práctica y el impacto concreto que tienen sobre la sociedad.

Así como el educativo, el problema periodístico no está únicamente en los profesionales que lo ejercen, sino en el entorno en el que viven: un sistema precario que explota y exige inmediatez sacrificando pulcritud; económicamente concentrado y poco plural, que genera conflictos de interés a partir de la publicidad de la que depende; y también en institutos y universidades que han renunciado a la formación humanística y ética reemplazándola por talleres que ofrecen trucos para conseguir mayor audiencia o técnicas para sacar una declaración prefabricada.

A pesar de la mirada pesimista, vemos trincheras importantes en el país donde la investigación sigue siendo la columna vertebral del quehacer informativo. La crisis periodística no es solo peruana, desde luego, pero mal de muchos es consuelo de tontos. Sí es más notoria en otras realidades más desarrolladas la mirada autocrítica y la búsqueda de alternativas: movimientos como el periodismo de soluciones, que propone alternativas a partir de evidencia (en lugar de solazarse en la queja); o el periodismo ciudadano, que busca la deliberación pública incluyendo a los ciudadanos en la producción de las noticias (y no para ahorrarse el trabajo); o el periodismo lento, que toma su tiempo en prepararse y ofrece, además de rigurosidad, calidad estética (que nos devuelve el placer de informarnos, así sea sobre temas agrios y complejos).  

Los periodistas que necesitamos para mejorar nuestra educación no son los que lloran en cámaras para mostrar su indignación ni menos los que hacen llorar a sus entrevistados para lograr un primer plano morboso. Son los que hacen de su indignación una oportunidad para permitirnos entender a fondo una realidad y su contexto. Tampoco son los que amenazan con una cámara escondida ni invaden el espacio privado abusando de su poder. Los periodistas que necesitamos, más bien, son profesionales autónomos convencidos de su responsabilidad educadora. Personas que, como los maestros, construyan con su trabajo cotidiano una relación de confianza con las personas a las que sirven. Y la escuela, por cierto, debe jugar su papel enseñándonos a contrastar la información, a seleccionarla y valorarla, a buscar nuevas fuentes más allá de las que siempre piensan como nosotros; a producirla, ahora que es tan fácil, buscando una verdad que no sea solo la nuestra o la que mejor se nos acomoda.  

Texto de Julio César Mateus

Educación mediática: proteger y promover

Los medios de comunicación históricamente han generado miedo. Es natural temer a lo desconocido y, en el caso de los medios, lo desconocido siempre fue predecir sus impactos. Dudo que Mark Zuckerberg, mientras imaginaba el Facebook con sus colegas, imaginara que en unos años tendría que defenderse ante una comisión del Congreso de los Estados Unidos preocupada por el poder de su creación para distorsionar procesos electorales y afectar la privacidad de más de dos mil millones de personas.

Por esa incertidumbre sobre sus impactos, la idea de enseñar sobre medios de comunicación en la escuela ha pasado varias etapas, condicionadas por las tecnologías dominantes en cada una y el contexto social en que se desarrollan. Pero como todo en la historia, lejos de haberse superado, estas etapas, y las ideas que las acompañan, conviven con plena vigencia y definen el sentido que tiene –o debería tener– educar(nos) mediáticamente en la escuela (y fuera, claro).

Inicialmente, la educación mediática estuvo basada en la noción de que los medios influyen de forma definitiva en las personas. Era el auge de una famosa teoría de la “aguja hipodérmica”, que explicaba el poder de los medios sobre las personas a partir del fenómeno de la propaganda bélica en las guerras mundiales. La tesis era simple: los medios “inyectan” sus ideas en sujetos débiles que no oponen resistencia, logrando manipularlos. Se decía entonces –y se sigue diciendo ahora– que los medios representan un riesgo para la moralidad y que nos persuaden ideológicamente. Esta fase dio pie al llamado modelo proteccionista, que se interesó por crear mecanismos de control y debatir el rol de los medios en la sociedad.

Con la masificación de nuevos medios, como la televisión, se empezó a creer en ellos también como una oportunidad (antes había ocurrido tímidamente con el cine y la radio). Sea porque facilitan la educación a distancia (lo que empezaba a constatarse en experiencias de teleducación) o porque nos permiten aprender diferentes maneras de acceder e intercambiar información, este nuevo sentido de la educación mediática está marcado por la capacidad de leer e interpretar sus mensajes de forma autónoma. El modelo promotor de los medios busca desarrollar capacidades críticas en las personas. Sin negar la importancia de la regulación de los contenidos, enfatiza las formas como los ciudadanos nos apropiamos de los medios  para promover una cultura de colaboración y exigir mayores estándares de calidad.

Ambos modelos conviven y se actualizan a partir de nuevas situaciones comunicacionales, como la del Facebook y la privacidad de la que hablamos al inicio. A decir de diversos expertos, estamos en una fase mixta, que combina la protección y la promoción. Para José Manuel Pérez Tornero, hay que incorporar el poder creativo de los usuarios (las más de 300 horas de video que subimos cada minuto a Youtube son una demostración de ello). Sobre todo en un momento de la historia en que los medios se han hecho más sociales y convergentes entre sí. En suma, son imprescindibles los marcos que regulen e incentiven la calidad de los medios, así como la promoción de un uso responsable y creativo de los mismos. ¿Qué estamos haciendo en la escuela para desarrollar estas capacidades? Temer o desconocer los efectos de los medios no es la mejor razón para evitar asumir esta responsabilidad que tenemos como maestros. 

Texto de Julio César Mateus.

X