Educación inclusiva: nadie fuera, nadie atrás, nadie ignorado

Desde Fundación Telefónica Movistar, celebramos el Día de la Educación Inclusiva e invitamos a Fernando Bolaños, Oficial de Educación en UNICEF para que comparta sus reflexiones sobre la educación inclusiva en el Perú.

La calidad de un sistema educativo no se debe medir solo por las capacidades de sus estudiantes más aventajados. Pruebas internacionales como PISA han creado rankings en que muchos países se comparan, por el número o porcentaje de estudiantes  que desarrollan competencias y habilidades, sobre todo aquellas que requieren los desafíos de las sociedades contemporáneas. Sin embargo, junto a ellos hay muchos otras niñas y niños que no pueden aprovechar todas las oportunidades educativas que se ofrecen o que ni siquiera están dentro de los sistemas educativos. Viendo como tratan los países a aquellos en mayor desventaja es que debemos valorar la calidad de su educación.

En el Día de la Educación Inclusiva es necesario recordar que, a pesar de lo que nuestro país ha avanzado, y el innegable esfuerzo de muchas maestros y maestras de muchas escuelas, especialistas, profesionales y personal que trabajan en PRITE o SAANNE, los desafíos son mayúsculos porque hay muchas personas (niñas, niños, adolescentes y jóvenes) que siguen estando fuera de las escuelas y programas educativos. A pesar que nuestras normas y regulaciones reconocen el enfoque social de la discapacidad, aquel que señala que la discapacidad no está tanto en la persona como en la barreras del entorno, todavía hay muchos que creen que la discapacidad es un mal, un problema, un estigma: las madres o padres que creen que incluir un niño con discapacidad en una aula regular va a “retrasar” a los demás; o el docente que cree que no puede hacer nada por un niño con problemas de aprendizaje si no recibe ayuda especializada de un terapista o un psicólogo; o el director que cree que puede decirle a una familia migrante que no hay espacio, porque está quitando sitio a un estudiante peruano; o los compañeros que se burlan porque esa niña o niño habla de una forma que revela la lengua y la cultura amazónica de su familia. Detrás de estos ejemplos se esconde el principal enemigo de una educación inclusiva: creer que la diversidad es un problema y no una riqueza; pensar que unos son “normales” y el resto no lo son. El reto es cambiar esta cultura que excluye, que no reconoce el valor de cada niña o niño, que no cree que todos pueden aprender, incluso de maneras o con ritmos diversos.

La tarea no es sencilla; además de este cambio cultural, en que todos tenemos algo que aprender y mejorar, se requieren políticas específicas para la educación, más recursos y apoyos, sin duda. E, igualmente, herramientas e instrumentos para hacer realidad esto en las escuelas, en las aulas. Por eso, en UNICEF, con un proyecto que hemos llamado +Inclusión, hemos apostado por la idea de que cualquier escuela, si hay voluntad y compromiso de sus directores y de sus docentes, puede irse convirtiendo en una escuela inclusiva, una escuelas que reconoce y valora la diversidad. Estamos trabajando con maestras y maestros que han ido aprendiendo otra manera de enfrentar la tarea diaria, de incorporar elementos del Diseño Universal de Aprendizaje (DUA), esta metodología que valora diversas maneras de expresarse, de aprender, de evaluar aprendizajes. Esto no sería posible si no se trabaja en equipo, y se trabaja con las familias, creando comunidades que apuestan por una mejor educación, por una escuela que acoja y promueva en vez de que excluya y discrimine. En el contexto del Covid-19, muchos de los problemas y exclusiones se han acentuado, por lo que la tarea es aún mayor.

Por eso, este 16 de octubre es una invitación a mirar lo que hacemos, lo que creemos, lo que pensamos. Si puedes leer y recibir esto, es probable que sea gracias a una educación que te permitió aprovechar oportunidades. Si es así, comprometámonos por hacer que nadie se quede fuera, que nadie se quede atrás, que nadie sea ignorado en la educación de nuestro país.

Por Fernando Bolaños, Oficial de Educación de Unicef

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