Vulnerabilidad Virtual

Este artículo ha sido elaborado por el filósofo Victor J. Krebs para Educared

Si tuvieses un anillo que te hiciese invisible, ¿qué harías que normalmente no haces? La pregunta la hacía Platón en La República, como ejercicio imaginativo para probar la profundidad de nuestro comportamiento ético. Pero en nuestro tiempo ya no es solo una pregunta hipotética, sino una disyuntiva real en la que podemos explorar nuestra moralidad no solo a través de la imaginación sino ahora con profundidad existencial. Para nosotros el Internet es una especie de anillo de la invisibilidad como el que mencionaba Platón. Protegidos por la anonimidad de las redes, interactuamos en un nuevo espacio de expresión y comunicación en el que decimos y compartimos cosas que nunca habríamos compartido con nadie o, en todo caso, tan solo en el secreto de la intimidad y ciertamente no de manera colectiva, como acostumbramos ya a hacerlo ahora.

De cierto modo esta libertad que nos dan las redes, de hablar detrás de máscaras y avatares, nos emancipa de nuestros dogmas y nos incita a decir lo que pensamos y a desnudar nuestra intimidad públicamente. En Instagram, por ejemplo, vemos sendos ejemplos de un narcisismo exacerbado, que a veces perturba por su intensidad y su impudor, por la exploración y exhibición de la propia imagen.

Es bueno recordar, sin embargo, para evitar el prejuicio común, que hay (como decía Derrida) dos tipos de narcisismo: uno bueno, abierto a los demás, y otro malo, hermético y encerrado en sí mismo, negado al otro. Nuestra obsesión narcisista puede no ser solo una señal decadente o regresiva, como la mayoría cree, sino tal vez también una cosa positiva: el comienzo de una relación completamente otra con nuestra sensibilidad, con nuestro cuerpo, con nuestra espontaneidad y frente a los demás. Una nueva forma de conocimiento de uno mismo.

Pero al mismo tiempo que el mundo digital nos libera de dogmas y hábitos de pensamiento gracias a la invisibilidad de las redes, nos hace vulnerables a las fuerzas oscuras que se desatan desde la virtualidad, al despojarnos cada vez más del privilegio de la privacidad. Todo lo que somos y hacemos en el mundo virtual –en nuestras interacciones digitales, en las historias que generamos en las redes sociales y en el rastro que dejamos al usar nuestras tarjetas de crédito, manejar nuestros automóviles, desplazarnos por la ciudad ante las cámaras de vigilancia, etc.., se registra, es rastreable y comercializable en este nuevo mundo digital.

En “Shut up and Dance” (tercer episodio de la tercera temporada de la serie Black Mirror), Charlie Brooker nos proporciona otra reflexión penetrante sobre justamente esta nueva vulnerabilidad. Relata ahí una historia realmente perturbadora, donde los poderes de la cibervigilancia y el hackeo virtual fácilmente hacen de cualquier individuo con un celular o una computadora una víctima del acoso, el chantaje o la violencia en su vida real. Nuestros aspectos más sombríos se asoman a través de nuestra vulnerabilidad digital

Comienza así el mundo virtual, en su intervención tecnológica del mundo, a enfrentarnos con oscuridades humanas que antes habíamos logrado contener mediante dogmas y tradiciones, pero que ahora su delirante fecundidad en el mundo virtual destroza. Tal vez sea justamente en ese nuevo escenario, donde lo racional empieza a ser desplazado por aquel aspecto de nuestra naturaleza que había quedado reprimido durante nuestros dos mil quinientos años de historia occidental, donde debamos aprender a lidiar con esas sombras de una vez por todas, desde la perspectiva y con los recursos que el momento tecnológico nos proporciona ahora.

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