Soledad virtual

Este artículo ha sido elaborado por el filósofo Victor J. Krebs para Educared

Hasta hace muy poco la capacidad de filmar era algo al alcance de una privilegiada minoría de profesionales y amateurs adinerados. Recién en los ochenta se empezaron a comercializar la cámaras de video personales y a hacerse accesibles al público en general. Recuerdo la vez que con unos amigos usamos la primera videocam que salió al mercado. La emoción de inmortalizar en una película el evento del que participábamos era tan grande que el embrujo de la imagen virtual nos desconectaba de la realidad que estábamos viviendo. Treinta años más tarde, ese embrujo es colectivo. La imagen virtual permea nuestra vida y casi se podría decir que, en nuestra vida contemporánea, muchas veces dejamos de vivir el momento para registrarlo.

En esta época digital pasamos cada vez más tiempo interactuando y comunicándonos a través de la pantalla y cada vez menos físicamente, en la realidad. Y aunque es cierto que los medios digitales nos han acercado mucho más a todos, es también cierto que por esa mediación, nos vamos quedando cada vez más aislados y alejados de los demás. Estamos en contacto instantáneo con miles, pero interactuamos desde la soledad al otro lado de la pantalla.

Junto a esa suerte de ‘soledad virtual’, esta nueva forma de relacionarnos con el mundo a través de la imagen nos entumece a la vitalidad de lo real. Comenzamos a ver y comportarnos con las personas, por ejemplo, y con el mundo en general como lo hacemos con las imágenes en nuestras pantallas, con solo una parcial atención, sin ningún compromiso personal ni afecto. La comunicación sensible con un ser viviente es sustituida por la relación visual con una imagen digital, carente de la resonancia física que caracteriza al cuerpo y a la materia, y por lo tanto carente de toda profundidad existencial.

Al filmar algo solo logramos capturar su representación o –en palabras de Walter Benjamin—nos queda “tan solo el trueno que le sigue al relámpago”. La representación virtual es una mera copia que, por más alta definición que tenga, carece de aquella presencia y espontaneidad de lo vivo que provoca una reacción de empatía en nosotros. A través de la capacidad natural de resonancia que se activa con esa espontaneidad, descubrimos en nosotros una sensibilidad ética, un reconocimiento afectivo y una solidaridad con el otro, por lo que aprendemos a regular nuestros impulsos vitales y a vivir en aras del bienestar general. Pero la regla de oro, “no le hagas al otro lo que no quieres que te hagan a ti” pierde su imperativo cuando el otro está mediado por la representación digital.

El primer episodio de la segunda temporada de la serie Black Mirror, “Be Right Back”, se imagina la tecnología para reconstruir a una persona ya fallecida mediante la información digital que ha dejado registrada en la web, e incluso la tecnología para crear una réplica artificial de su cuerpo. La historia que cuenta este episodio es la de una re-creación virtual de una persona, un cyborg, incapaz de la espontaneidad del original vivo; una reproducción tecnológica en la que el ímpetu originario de la persona se reduce a lo que la persona real ha dejado como huella digital, a un rastro ya distante de la vitalidad original.

En cada caso de nuestra interacción virtual, cuando prescindimos de la presencia física del otro y nos sometemos a las dinámicas de la relación virtual –cosa que hacemos a diario y cada vez con más frecuencia– vale preguntarse, ¿a qué estamos renunciando de la realidad en esta era digital, sin darnos cuenta y en pos de qué? Y más filosóficamente ¿Cuál es el destino de esta renuncia para la especie y en nuestra relación con el mundo y con los demás?

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