Memoria Digital

Este artículo ha sido elaborado por el filósofo Victor J. Krebs para Educared

“El tiempo es la mayor distancia entre dos lugares”

-Tennessee Williams

El olvido es indispensable para el ser humano. Si bien hay lecciones y experiencias que queremos recordar, necesitamos olvidar para deslastrarnos del pasado y poder crecer.  Pero también es cierto que tenemos una gran ansia por recordar. Y recordar siempre ha requerido de esfuerzo y deliberación. Podría decirse que la técnica o la tecnología responden, en parte, a ese impulso o necesidad humana de memoria. Y una de las transformaciones más grandes que están ocurriendo en la era digital tiene que ver precisamente con el incremento exorbitante de la memoria.

Durante la época analógica, la memoria humana se extendió inmensamente en nuestra cultura. La escritura fue nuestra primera técnica para almacenar, externamente, experiencias y conocimientos y recuperarlos a voluntad.  Con la invención de la imprenta (y eventualmente también de la fotografía, la grabación magnética y el cine), esa capacidad se masificó propiciando así la construcción de una memoria colectiva que trascendía toda frontera socio-económica, lingüística o cultural.  Pero aun así, a pesar de esa gran extensión de la memoria, olvidar seguía siendo la norma y recordar la excepción.

En la era digital, sin embargo, la cantidad de información que podemos almacenar pareciera estar creciendo astronómicamente. En la era analógica los rollos fotográficos, por ejemplo, tenían sólo 24 ó 36 fotos. Hoy no conocemos límites. Tomamos cientos de fotos en cada ocasión y terminamos almacenando miles de fotografías en nuestras memorias digitales. En apenas medio siglo nuestra capacidad de memoria informática ha aumentado cincuenta millones de veces. Mientras que en 1956 almacenábamos dos mil bits de información por pulgada cuadrada, en 2016 almacenamos casi cien billones de bits en el mismo espacio. Pero no solo han aumentado la cantidad sino los tipos de información que almacenamos del pasado. Lo que hacemos en nuestras interacciones digitales, desde los selfies y demás comunicaciones públicas, hasta los movimientos que efectuamos con nuestras tarjetas de crédito y en nuestras conversaciones privadas quedan todos registrados en la web y disponibles para su recuperación en cualquier momento. Agencias especializadas en el almacenamiento de información disponen de esos datos, para proporcionárselos a entidades públicas o privadas, para los propósitos que ellas juzguen conveniente.

Una búsqueda de Google, o un algoritmo de Facebook o cualquier otro mecanismo en la web, pueden traer de vuelta deliberada o azarosamente el pasado a nuestro presente, con consecuencias impredecibles y, en casos, devastadoras. La extorsión es un negocio que va en aumento en el mundo virtual precisamente por esa capacidad. Y en el ámbito público presenciamos las consecuencias de esa nueva potencia a diario. Una Ministra de Estado en Centroamérica, por ejemplo, tuvo que renunciar a su puesto por el escándalo que produjo la aparición en redes de un video erótico que le había enviado ella a su amante diez años atrás, cuando ni siquiera soñaba en ser personaje público. No solo perdió su puesto sino además al marido quien, al enterarse de esa infidelidad pasada, terminó pidiéndole el divorcio.

Las consecuencias de esta reversión para nuestra forma de vida son radicales. Si el tiempo es capaz de curarlo todo, como se dice, lo es en virtud del olvido que siempre lo acompaña. Pero en nuestra era, pareciera que nos hacemos cada vez menos capaces de olvidar.

El almacenamiento infinito de datos que pareciésemos empeñados en alcanzar a un ritmo galopante plantea una seria interrogante. La memoria digital es un gran y nuevo poder cuyos riesgos y peligros debemos afrontar urgentemente.

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