Las nuevas intimidades del mundo virtual

Este artículo ha sido elaborado por el filósofo Victor J. Krebs para Educared

En las imágenes del écran del cine, la tecnología de principios del siglo pasado trajo de vuelta fantasmas a la experiencia colectiva. Esas imágenes en movimiento etéreas y llenas de vitalidad que ahora pululan por nuestro mundo son en efecto fantasmas; presencias y ausencias a la vez. Habitan hoy en nuestros touchscreens celulares, fantasmas virtuales que interactúan constantemente con nosotros. Nos proporcionan información (Google), nos dirigen por las calles (Waze), conversan con nosotros (Twitter), se nos muestran continua (Tumblr), camaleónica (Instagram) y fugazmente (Snapchat); cada día más gente cultiva entre las páginas de Facebook círculos de amigos e interlocutores con quienes establecen conexiones de todo tipo. Nuestros vínculos con estos fantasmas son usualmente prácticos y utilitarios, pero llegan en ocasiones incluso a crecer hasta el romance. ¿Quién no conoce matrimonios que se iniciaron en Internet? Y la historia del hombre –contada en la popular película HER– que se enamora de la voz de su sistema operativo, simplemente lleva esa realidad hasta sus últimas consecuencias.

Sherry Turkle dice que el mundo virtual es “un arquitecto de nuevas intimidades.” Pero esas nuevas intimidades cómo son? ¿Cómo nos están transformando? ¿Qué debemos proteger contra ellas y, qué podemos cultivar de ellas?

Vivimos constantemente en la frontera con el mundo virtual, en activo comercio con fantasmas, diseñando y construyendo, efectivamente, nuevas intimidades. Pero el mundo al que nos zambullimos cada vez que se prenden nuestras pantallas es un mundo sin materia, donde nuestros contactos no tienen, ni necesitan tener, presencia física. A veces ni siquiera están en el mismo tiempo que nosotros. Es decir, están ahí aunque ya se hayan ido. Ausentes de nuestro tiempo y nuestro espacio, y ya divorciados, además, del tiempo real permanecen suspendidos en un limbo digital esperando a que los animemos nosotros otra vez con un solo click. 

Surfeamos en un océano de fantasmas virtuales e imágenes en movimiento que seleccionamos a voluntad y por deseo o curiosidad. Estamos siempre a la espera de la novedad que nos prometen incesantemente los incontables fantasmas que pueblan el mundo virtual. Establecemos así muchos tipos de relaciones, todas fugaces; tan fácilmente descartables las unas como las otras, intercambiables todas, en la fila interminable de posibilidades que se extienden al infinito en el mundo virtual. Esta posibilidad inagotable con la que entramos en contacto propicia una dinámica volátil del deseo que se ha convertido ya en una condición cultural. Queremos siempre ver una imagen más, activar un link más, satisfacer un deseo más.

La superabundancia y superfluidad del mundo virtual, ese exceso e inmediatez que caracterizan al ciberespacio, parecieran eliminar la capacidad que tenemos para forjar cualquier compromiso. El fugaz momento y el placer instantáneo es lo que importa en este jardin encantado y mientras más tiempo pasamos ahí, más se instala esa misma actitud y expectativa y más se extiende a todos los aspectos de nuestra vida. La pantalla nos acostumbra a la experiencia inmediata y gratuita, y cualquier esfuerzo que requiera nuestro deseo es inmediatamente razón para descartarlo y avanzar rápidamente a la siguiente opción. Como el sentimentalista, queremos tener la experiencia pero sin pagar por ella.

El ama de casa que en los años cincuenta sufría diariamente con sus heroínas de telenovela cómodamente sentada en la sala de su casa, es una metáfora exacta de nuestra condición cultural hoy en relación a la experiencia en el mundo virtual. Su inmediatez y rapidez nos protegen siempre de la verdadera exposición a lo diferente, lo otro, lo no familiar; interponiendo la distancia virtual de la pantalla a las nuevas posibilidades con las que nos vincula, neutraliza emocionalmente toda situación y elimina la misma posibilidad del compromiso. 

Cuando nos enamoramos en internet, por ejemplo, nos enamoramos de la representación que hemos construido con el fantasma virtual en que esa persona se nos presenta. Como bien lo saben quienes han iniciado una relación personal por internet, solo la confrontación física puede romper el hechizo virtual y hacer madurar la relación idealizada en una relación concreta y real. Sin la densidad del cuerpo del otro y desconectados del tiempo real, se hace imposible cualquier reflexión o maduración del vínculo. La resonancia del cuerpo y la química sensual, ausentes ambas en lo virtual, son el requisito indispensable y la prueba de fuego para consolidar su realidad. Pero, inmersos como estamos en un mundo donde tenemos el poder de satisfacer todo deseo en la punta de los dedos, es fácil dejar atrás, sin el menor reparo, al difícil e imperfecto mundo real.   

El otro día el jardinero me contaba cómo en uno de los edificios del vecindario habían colocado una enorme planta de plástico en la entrada y qué gran pesar le había causado comprobar con esa penosa muestra la falta de compromiso de la gente, que no estaba dispuesta al trabajo que requería cultivar una planta de verdad. Para ellos no había diferencia que lo avalara; para el jardinero, por el contrario, eran universos enteros los que separaban a ese esperpento artificial de su contraparte natural.

La pregunta se nos plantea en cada movimiento y cada interacción en la que entramos con los fantasmas en nuestra vida virtual: ¿No estaremos nosotros también perdiendo la capacidad de ver la diferencia?  ¿Nos estará cegando, acaso, nuestro comercio habitual y creciente con el mundo virtual a algo más primordial?

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