La amenaza de los nuevos medios

Este artículo ha sido elaborado por el filósofo Victor J. Krebs para Educared

Nuestra época es una época asombrosa, por la revolución de todos los paradigmas que estamos viviendo. Es también una época intimidante por la vitalidad caótica y vertiginosa que la caracterizan, que por su misma intensidad y volatilidad requieren de una reflexión urgente.

Ahora otra vez, una nueva revolución mediática amenaza a nuestra cultura del mismo modo como sucedió cuando los poetas homéricos fueron desplazados por la escritura; o en el Renacimiento, en que la prensa de Gutenberg transformó a la cultura occidental, masificando la racionalidad escribal que aun prevalece en nuestro siglo.  Ahora, los paradigmas que nos han servido por tanto tiempo están resquebrajándose y desplomándose frente a una realidad que cambia literalmente minuto a minuto. Como bien advertía el filósofo alemán, Martin Heidegger, la ciencia no piensa y el raudo avance de la tecnología sobre el mundo actual requiere de una reflexión permanente y abre al mismo tiempo un nuevo espacio de comunicación de gran potencial económico, político, social y humano, que debemos aprender a explotar.

Si es cierto que aquellas facultades y valores que han constituido la base de nuestra cultura por más de dos mil años están siendo desplazados por las nuevas prácticas y hábitos implantados por las cibertecnologías, es natural que la primera reacción sea la de la alarma y la resistencia. De hecho esa resistencia y alarma son fuente de algunos de los debates más polarizados en nuestra sociedad, acerca de  lo que Vargas Llosa (representando a uno de los polos extremos) ha llamado “la civilización del espectáculo” –título de su libro que hace eco del escepticismo y expresa la ansiedad que en alguna medida sentimos todos aquellos que pertenecemos a las generaciones del siglo pasado. Nicholas Carr, por ejemplo, comentando sobre su uso constante de la Internet, observa preocupado que su forma de pensar está cambiando, su mente acostumbrándose a recoger información en un flujo continuo de elementos en rápido movimiento de la misma manera y al mismo ritmo en que la distribuye la Red. “Una vez fui un buzo en las profundidades del mar de palabras”, se lamenta, “hoy simplemente me desplazo sobre la superficie como alguien sobre esquíes acuáticos”.

La ansiedad a la que dan voz estos autores es comprensible, pero no es necesario entregarse al pesimismo, pensando que “solo un cataclismo nuclear que nos regrese a las cavernas” podría salvarnos, como lo pone Vargas Llosa.  Toda nueva técnica siempre produce ansiedad, porque significa la pérdida de lo conocido. Es más bien preferible quedarse con la tensión y la paradoja del momento, mantener la tensión entre lo que nos atemoriza y aquello que nos asombra; ver lo que nos parece negativo más bien como posibilidades aun por calcular que como pérdidas o como indicios de un supuesto apocalipsis.  Y es que la pérdida que significan los medios y la carga afectiva que necesariamente tienen para quienes hemos crecido identificándonos con ella y sus valores, nos tienen que hacer ciegos a lo que, a través de esas mismas pérdidas, indudablemente se está forjando como una nueva forma de pensamiento y percepción. Es natural, que acostumbrados a pensar con la secuencialidad de la imprenta, por lo menos desde la modernidad, hayamos reducido lo “racional” al pensamiento lógico y que por lo tanto los cambios digitales y virtuales que parecieran oponerla se nos hacen incomprensibles desde la perspectiva analógica o escribal.

Pero igual, poco a poco en muchos aspectos y campos de la vida y cultura contemporánea, el antiguo orden va perdiendo su vigencia y legitimidad sin que podamos hacer nada para detenerlo. Desde la organización de las aulas en la universidad, diseñadas para una escribalidad que ya está de salida, hasta las normas de etiqueta social que cada vez se observan menos en las sociedades más vitales del globo, todo está en vertiginoso cambio. Como lo presagió Marshall McLuhan, una reconfiguración de nuestra conciencia es inevitable debido a la tecnologización de nuestra cultura. Y la tarea más difícil, pero también quizás la más urgente, es la de tratar de avizorar los aspectos nuevos de estas transformaciones que van constelizando un nuevo paradigma que aun nos es inconcebible.

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