Fiebre de Pantalla

Este artículo ha sido elaborado por el filósofo Victor J. Krebs para Educared

Recuerdo cómo mi padre, desde su lecho de muerte, echándole una mirada a todas las personas que nos encontrábamos en su habitación como tantas de esas tardes, sentenció con resignación: “Es una fiebre”. Y es que todos estábamos, efectivamente, como poseídos por nuestros respectivos dispositivos digitales, totalmente inmersos en ese mundo virtual al que entramos, cada vez más compulsivamente, a través de nuestras pantallas.

Dicen que la tecnología está profundamente vinculada a la muerte. No solo en el sentido que nos puede llevar a la muerte, como nos lo recuerda la polución industrial o cada accidente nuclear y cada día del horror de las guerras que se libran en nuestro siglo; también en el sentido en que la tecnología nos ha servido siempre para evadir a la muerte, ya sea por la distracción y olvido que nos brinda, o por su perenne fantasía de eventualmente vencerla.

Pero en esa habitación de mi padre moribundo, el celular era literalmente una escapatoria para todos de la realidad a la que nos enfrentábamos. Y es ese impulso que, sumergiéndonos ciegamente en nuestras pantallas, nos llevaba en esos días a evadirla, el mismo que, en nuestros días, nos llama al celular cada vez que la realidad se nos hace difícil o aburrida, para aliviarnos de nuestra insoportable mortalidad.

Basta que imaginemos algo que queremos, un producto, alguna información, alguna experiencia, para que el internet nos lo ponga inmediatamente a nuestra disposición a través de la pantalla; para que nos permita dejar a un lado el difícil comercio con las cosas reales, con la complejidad de la gente de carne y hueso, y entrar nuevamente en el reino de nuestra fantasía. El poder de la pantalla es enorme y radica en la prolífica inmediatez con la que el mundo virtual ofrece la realización de todos nuestros deseos.

Pero ese poder al que cada vez sucumbimos con más naturalidad, significa en realidad una regresión. El psicoanálisis nos ha mostrado cómo una de las primeras cosas que debe aprender el niño es a diferenciar el mundo real del mundo de su deseo, a distinguir realidad de alucinación para madurar en la vida. Al proporcionarnos la posibilidad de una satisfacción inmediata e ilimitada de cada fantasía la pantalla borra nuevamente esa frontera y nos devuelve a ese estado infantil y narcisista del que debemos salir para vivir en el mundo. La pantalla nos encapsula en la burbuja de nuestra propia fantasía, haciéndonos cada vez más susceptibles de engaño y decepción, cada vez más aislados y menos solidarios con los demás.

Tomados por una fiebre que podría acabar con el mundo tal como hasta ahora lo conocemos, nuestra cultura tecnológica pareciese concretar un trueque como el del mitológico Endimión, quien prefirió el sueño eterno junto a su amada Selene (la Luna), a vivir en el mundo y enfrentar a la muerte.

Si la tecnología nos acerca a los dioses con su poder, puede también volverse contra nosotros y exponernos al peligro de una vida desconectada y desprovista de ninguna tierra.

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