La vida frente a la pantalla: pensar más en el “qué” que en el “cuánto”

Imagen de mohamed Hassan en Pixabay

En este blog hemos reflexionado en muchas ocasiones acerca del impacto que tienen las pantallas en las interacciones sociales y procesos de aprendizaje de nuestros estudiantes. Y esa es una conversación que parece ser más urgente que nunca en esta época, pues, debido a la pandemia del COVID-19, repentinamente buena parte de nuestra vida cotidiana ha pasado a ser mediada por pantallas.

La periodista Nellie Bowles conversó con la investigadora Sherry Turkle, quien en el pasado ha mostrado su preocupación acerca de cómo la tecnología nos aleja de la realidad tangible. Hoy, ella cree que el problema del tiempo que pasamos frente a las pantallas se ha revelado como una ansiedad mal direccionada, pues considera que ahora, forzados a estar solos pero queriendo estar juntos, muchas personas están descubriendo lo que el tiempo frente a la pantalla debería ser“.

Turkle alude a una discusión cuyo rumbo ha virado. Como señala Sonia Livingstone, profesora del Departamento de Medios y Comunicaciones del London School of Economics, instituciones como la Academia Americana de Pediatría, que consideraba indispensable no exponer a las pantallas a los niños menores de dos años y no más de dos horas a los mayores, han aceptado que su consejo resulta casi imposible de seguir en estos tiempos.

Livingstone añade que el consenso actual es que el bienestar de los adolescentes no guarda relación con el tiempo de uso de la tecnología y que los estudios que indicaban lo contrario tienen problemas conceptuales, de implementación y evidencia.

Actualmente, el foco no está puesto en cuánto tiempo pasan los niños frente a la pantalla, sino en asegurarse de que ese tiempo sea de calidad.

Los investigadores de UNICEF Daniel Kardefelt y Jasmina Byrne coinciden en que “los estudios muestran que los medios sociales y los videojuegos proveen un escape temporal de la vida real y facilitan un valioso involucramiento social”.

Además, aseguran que en tiempos de pandemia los videojuegos activos y videos de ejercicio pueden ser su mejor oportunidad de desarrollar actividad física, poniendo en discusión aquella noción del uso de pantallas como una actividad estrictamente sedentaria.

Ambos consideran igual de importante que el uso de la tecnología sirva para mantener a los niños y adolescentes en contacto con sus amigos y seres queridos, ya sea a través de servicios de mensajería o videojuegos. Actividades en las que los padres deberían involucrarse y supervisar.

Este es un buen momento para que padres y maestros entendamos bien qué uso le dan nuestros hijos y estudiantes a las pantallas. Para hacerlo, recursos como el reporte de UNICEF “Creciendo en un mundo conectado” pueden ser un buen punto de partida.

Entre sus hallazgos acerca del uso de la tecnología entre niños, niñas y adolescentes está que ellos prefieren el teléfono móvil para ingresar a internet, suelen sentirse más cómodos expresando su personalidad en la red y tienen nociones nociones más complejas de las que creemos acerca del manejo de su privacidad (así, por ejemplo, es común que nuestros estudiantes tengan múltiples cuentas personales en los medios sociales según el uso que les van a dar o las personas con las que desean interactuar).

Otros descubrimientos son preocupantes: entre un tercio y tres cuartos de los niños entrevistados dicen ser incapaces de verificar si una información que encuentran en línea es verdadera. Esto está directamente relacionado con que muchos padres reducen el tiempo que sus hijos pasan frente a la pantalla para minimizar la posibilidad de que se enfrenten a contenido problemático, pero esto a su vez reduce la oportunidad de que se conviertan en usuarios resilientes y con habilidades para navegar en internet.

El reporte concluye que “cómo resolvamos este dilema tendrá un impacto significativo en la vida de los niños en la era digital“, y toma en cuenta que simplemente imponer medidas restrictivas puede tener como consecuencia no deseada que el internet se convierta en un recurso menos valioso para los niños.

En el Perú también se vienen desarrollando investigaciones en esta misma línea y encontrando hallazgos interesantes: el contenido televisivo de señal abierta sigue siendo alto, incluso cuando los padres reconocen que este puede no ser adecuado para sus hijos. Esto ocurre en paralelo con otro fenómeno: el consumo diferido de contenido televisivo en tablets o smartphones está creciendo.

Para lidiar con ello, se pueden encontrar recursos en línea de sitios como Common Sense Media, que reseña series y películas en base a qué tan adecuado es su contenido para niños y adolescentes.

Antes de la pandemia, Daniel Cassany nos decía que es la primera vez que debemos educar para un futuro que ignoramos cómo será. Esa incertidumbre, creemos, se va a reducir a medida que prestemos más atención a cómo nuestros estudiantes se relacionan con la tecnología en el presente.

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