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Mandamientos olvidados

Por: Equipo Educared. 1 octubre, 2018

Los valores, así como la visión y misión —nunca estoy seguro del orden, ni de lo que realmente quieren decir esos términos—, están en la boca de todos los que lideran organizaciones —públicas o privadas, sin o con fines de lucro, de alcance barrial o mundial— y en todas las plataformas: posters en las paredes, recuadros en los reportes, secciones en las páginas Web.

Hace poco hice un pequeño experimento. Fue con públicos distintos en términos sociodemográficos, profesionales y generacionales. Pedí que escribieran los 10 mandamientos. Luego los proyecté en su versión católica aceptada y usé una interface interactiva preguntando cuántos de los preceptos básicos de la cultura occidental habían recordado correctamente. No insistí en que debían estar en el orden en el que bajaron del monte Sinaí. Felizmente. Promedio de respuestas acertadas: 4.

El alivio en las salas fue notorio. La sospecha de ser una excepción, un alumno poco diligente de la ética colectiva, no se cumplió. La memoria estaba democráticamente errada. Pero, superada la angustia individual, no podía soslayarse la inquietud. ¿Cómo? Aquello que hemos mamado desde pequeños en casa, escuelas, universidades, templos, a través de literatura, cine —cada viernes de la Semana Santa tenemos en el menú de nuestros televisores la historia de Moisés— y otros medios, no parece estar presente en el escenario de nuestra mente.

Obviamente no corrí el riesgo de pedir a mis auditorios hacer lo mismo con las listas de hermosas palabras que, supuestamente, guían la conducta de los ciudadanos organizacionales. Entonces, ¿sirven para algo, o son parte de imperativos formales que deben existir, pero no juegan ningún papel en la vida cotidiana de las personas? Me dirán que no es necesario saber de memoria las 10 reglas de oro de la civilización judeocristiana para no matar, robar o mentir; o que si transgredimos cualquiera de las anteriores sabemos que no hemos hecho lo correcto. Es cierto, pero…

Sí, enunciar valores es algo importante, pero deben traducirse a situaciones concretas, deben ser fáciles de explicar —no está demás que no sean demasiado solemnes y tengan un toque de sentido del humor—, no deben ser muchos —entre 2 y 10—, todos deben tener claro que son tomados muy en serio por los líderes y autoridades —hagan lo que hago, no solamente lo que digo; síganme no solamente vayan— y deben ser recordados con frecuencia en rituales sencillos, además, por supuesto de que haya una diferencia entre cumplirlos y no hacerlo.

Porque si los dejamos en folletos, muros y declaraciones —sobre todo en una época con tanta información— se perderán en la nebulosa, vale decir, la nube de mensajes que nos acompaña día y noche. No servirán para nada.

Roberto Lerner

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