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La realidad, ¿real o aumentada?

Por: Equipo Educared. 4 diciembre, 2017

En los dos extremos de la vida los modernos estamos solos. Criamos a nuestros hijos bastante aislados de otros, salvo que consideremos compañía los cientos de libros de autoayuda o las charlas de especialistas. Y nos morimos igualmente solos, salvo que consideremos compañía al personal de las unidades de cuidados intensivos. ¿Dónde se fueron las personas que antes enseñaban con el ejemplo y transmitían conocimientos, también respecto de la sexualidad, la crianza y la muerte?

¿En qué momento se interrumpió el flujo de información entre las generaciones?, ¿cuándo es que se inicia la construcción de la represa de conocimientos que pone fuera de límites información encarnada en personas concretas —abuelos, matronas, plañideras,  miembros de la comunidad que enseñaban a morir y enterraban a los muertos— acerca de los hechos fundamentales de la vida?

Los niños nacen y tarde o temprano ingerirán sustancias intoxicantes, harán el amor, tendrán y criarán niños y, esperamos que lo más tarde, morirán. Pero hemos tercerizado los modelos, ya sea porque asumimos que no sabemos lo suficiente y para eso están los talleres, las terapias, los gurús profesionales y otras fuentes de sabiduría enlatada; o porque el miedo a las realidades esenciales de la vida se constituye en una muralla con la que, nos hemos convencido, vamos a proteger a las nuevas generaciones, y, de paso, protegernos a nosotros mismos.

La tecnología altera los delicados balances entre lo público y lo privado, en realidad redefine cada uno de esos términos. La vida comunitaria, en la plaza, el dormitorio único y multipropósito, cedió el paso al Babel urbano, con sus paredes, vasos comunicantes, máquinas que se desplazan y desplazan.

La escritura, primero de manera discreta, luego con fuerza, hacia 500 años antes de nuestra era, instala la introspección y la conciencia; y los dioses dejan de hablar. Pero es con la imprenta que la intimidad se convierte en el centro de la vida: el hogar que protege del exterior, la mente que interpreta la vida sin intermediarios, la escuela que prepara aislando, en fin, un capullo que retrasa cada vez más el ingreso en el mundo de la producción y la reproducción.

Hasta que los vehículos llevan cada vez más lejos, cada vez más rápido y nacen canales que comienzan a trasladar voces e imágenes que recrean las antiguas ágoras y se cuelan dentro de salas, aulas y alcobas, culminando con una imitación casi perfecta del cara a cara: ¿para qué acudir a un mitin, asistir a un auditorio y escuchar una conferencia, hacerse presente en una reunión de amigos, si tenemos Instagram, Twitter, Facebook, WhatsApp, Snapchat?

¿Y ahora? Parece que nuevamente estamos de salida. Sí, la realidad aumentada —¿recuerdan las expediciones para cazar Pokemones?—, el Internet de las cosas, nos alejan inevitablemente de las pantallas y hacen hablar nuestros entornos, generan emanaciones que les dan vida, en un regreso al animismo de nuestros ancestros. Las voces de cientos de lectores nos comentan el libro cuya carátula contemplamos en un escaparate, o sugieren cambios a una vestimenta que nos ha jalado el ojos, nos invitan a suscribir un manifiesto alrededor de una política social que saben nos interesa, por ejemplo.

¿Hasta qué punto estamos frente a un fenómeno absoluta y radicalmente nuevo? Menos de lo que pensamos. Nuestra mente siempre fue un instrumento de realidad aumentada, que añade texturas, completa vacíos, infiere agentes ocultos y proyecta explicaciones. La realidad real nunca existió. La realidad aumentada, siempre. ¿Lo que cambió? La tecnología.

Roberto Lerner

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