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16 yendo para 17

Por: Equipo Educared. 17 agosto, 2017

Pocos de nuestros visitantes reconocerán en el título el de una de las canciones que entonaba July Andrews —Mary Poppins— en La novicia rebelde. Es lo que podrían decir nuestros jóvenes cuando están prontos a concluir sus estudios secundarios. Entre los 15 y el momento en que pueden sacar brevete y elegir autoridades, la mayoría de edad, es cuando se gradúan del colegio y deben escoger una carrera. ¿Cuántas había en el menú cuando los mayores de 40 estuvimos en esa situación? Entre 10 y 15. ¿Hoy? Decenas. Eso con respecto de las disciplinas y oficios. Porque en cuanto a universidades e institutos, los hay para todos los gustos y con filtros que aseguran el ingreso de todos los postulantes.

Pero lo que es más complicado es que la elección muchas veces se hace durante el último año de colegio, al cabo de una educación escolar que no va discriminando habilidades y vocaciones entre sus alumnos desde temprano, de manera que sus performances vayan abriéndoles camino a lo que viene después: capacitación técnica, instituto superior o universidad. A una edad muy temprana, los chicos se internan en diversos espacios preuniversitarios, cuando no hay manera de que sepan lo que les gusta y, para colmo, sin poder concluir psicológicamente la etapa escolar.

Hay más. La audacia marquetera de muchos centros superiores ha hecho que la universidad invada el colegio, comenzando a cortejar a los alumnos bastante antes de que se acerquen al final de sus estudios, ofreciéndoles información, apoyos y servicios —en algunas escuelas también compiten instituciones extranjeras; y a través de ingresos privilegiados sobre la base de un desempeño previo situado en los niveles superiores, muchos chicos se encuentran adentro, cachimbos antes de la ceremonia de graduación del colegio.

Claro, los estándares de excelencia obligan a no pocos a hacer un ciclo cero que tiene algo de engañoso, en el sentido que lo es un acto de magia: como lo dije alguna vez, “es una academia preuniversitaria sin la presión del ingreso”. Sin embargo, el problema no solo es académico: los hay, en número no desdeñable, que no están listos, psicológicamente hablando, para enfrentar las características de la formación universitaria.

Quizá por todo lo anterior, se han incrementado los cuadros de estrés, depresión y actos como largos ocultamientos de resultados negativos, simulación de estudiar en la universidad sin asistir a ella, hasta la huida de casa. Sin llegar a los anteriores extremos, los universitarios semicolegiales que dejaron de ser colegiales semiuniversitarios, que han traspuesto la valla del ingreso se paran en seco y no saben lo que hacen en la universidad.

Roberto Lerner

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