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Pensar los miedos

Por: Equipo Educared. 24 julio, 2017

Hemos escrito sobre el, los miedos. Obviamente, nos preparan para enfrentar o, mejor dicho, para evitar, tomando precauciones, escenarios indeseables que sabemos nos hacen daño, o con cuyas características, por alguna razón, no queremos lidiar.

Tener miedo de los ruidos intensos y súbitos no necesita mayor explicación desde el punto de vista de nuestra supervivencia. Como tampoco alturas, ciertos animales, velocidad excesiva, oscuridad o pérdida de soporte. En otros casos, aunque no remiten a experiencias que para nuestros más lejanos ancestros estaban asociadas con peligros evidentes, podemos aceptarlos sin mayor problema: todo aquello que complota contra nuestro estatus, honor, ingresos, salud, integridad familiar.
Que se trate de unos u otros, o aquellos que nadie entiende y son patológicos, la tendencia es alejarlos de nuestra mente, no pensar en ellos, sino, más bien, concentrarnos en lo que es positivo, nuestros objetivos y logros deseables.

Cuando un niño tiene miedo, ya sea lo contradecimos, “anda, no es gran cosa, no hace nada”, lo desmerecemos, “los niños grandes como tú no tienen miedo de eso”, o ensalzamos aquello que obtendrá si lo supera, “te vas a sacar buena nota si expones tu trabajo ante la clase”. Pero, de cualquier forma, no promovemos que haya una confrontación mental de lo que significa el miedo y lo que le da miedo.

Sin embargo, escuchar el miedo del niño sin juzgarlo, entender qué y cómo es su miedo sino calificarlo, escrutar su miedo como quien explora un paisaje conjuntamente, muchas veces produce resultados increíbles.

A ver, una vez comprendidos la trama, la coreografía y sus personajes, pongámonos en el peor escenario, cerremos los ojos e imaginémoslo, relatémoslo, recorramos, juntamente con el niño, sus consecuencias. En nuestra cultura de felicidad y positivismo, lo anterior suena casi herético. Y, a pesar de ello, quienes lo hemos probado, sabemos que la angustia disminuye, los caminos posibles se hacen más claros y si llega lo peor, pues, ha perdido algo de su fuerza y también hemos practicado mentalmente medidas que lo compensan.

Roberto Lerner

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