Espacio de Crianza

Reflexiones sobre el desarrollo de padres e hijos

Por: Equipo Educared. 25 mayo, 2017

Sí, cuando uno está criando hijos, la cosa se pone muchas veces color hormiga —es a lo que hemos dedicado nuestras últimas entradas— y no quedan muchas ganas para la vocación científica y las reflexiones sesudas. Vale la pena hacer un alto, antes de seguir cubriendo las incidencias de ese proceso maravilloso que es el desarrollo de niños y adolescentes. ¿Saltos bruscos o continuidad pausada? Los adultos tratamos de saber más, enterarnos, con el fin de hacer mejor nuestra tarea de padres, abuelos, maestros.

La cría humana llega al mundo antes de tiempo y le toma alrededor de 30 días para terminar de nacer. Luego, por un lapso bastante largo, es totalmente dependiente de una alianza entre géneros y generaciones, que lo alimentan, interpretan sus expresiones a veces bulliciosas y, de hecho, no siempre claras, y llevan de un sitio a otro para satisfacer sus necesidades y requerimientos.

Durante más o menos 3 años deberá aprender a controlar sus músculos —desde las extremidades hasta los esfínteres— y poner sus cuerdas vocales al servicio de un sistema lingüístico que lo adentrará en un mundo simbólico. La cultura, así como los protocolos básicos de las relaciones sociales e interpersonales y un sentido de identidad diferenciada vienen en el paquete.

Hacía el final de ese periodo, comienza a explorar activamente el mundo ancho y ajeno. Otras familias, nidos, escuelas, talleres, museos. Con gozo e incertidumbre —cuál de esos dos siempre presentes elementos predomine, depende de la actitud de los adultos acerca de la vida: ¿más interesante o peligrosa, o viceversa?— acumula conocimientos prácticos, reglas explícitas e implícitas. Quién es quién en círculos sociales cada vez más amplios, trucos para sumar y restar, atajos para superar raudamente mundos virtuales, el manejo de aparatos electrónicos, lo que define productos comerciales y personajes de series, por ejemplo.

Entre la primaria y la secundaria, antes de la pubertad, más o menos a los diez años, en promedio, los chicos alcanzan una suerte de equilibrio milagroso, enormemente cómodo para los adultos: independencia, autonomía, capacidad de conversación, al mismo tiempo que nos siguen admirando. Ellos ya saben, pero nosotros sabemos más. Y, por añadidura, no consideran que cruzarse con nosotros en espacios públicos constituye la madre de todas las vergüenzas. ¡Demasiado hermoso para ser cierto, mejor dicho, para que dure mucho!

Esa comodidad con ellos mismos y lo que los rodea llega a su fin pronto. Sí, pues, la vida es una mezcla de calma y turbulencia, estabilidad y ruptura. Y ahí vienen la pubertad y adolescencia. En el menú habrá más de turbulencia y ruptura, por lo menos hasta los dieciséis años.

Críticos frente a todo —en primer lugar lo que hacemos sus padres, como lo hacemos, porqué lo hacemos—, se muestran rebeldes frente a las normas. Pero no es solamente insatisfacción frente al entorno, el mundo, el universo; es, sobre todo, que no se aguantan a sí mismos. Claro, sus cambios tormentosos, en apariencia y en el cableado de neuronas y hormonas, se dan al mismo tiempo que sus padres también sienten la pegada de los años.

En otras palabras, unos y otros, deben hacer reajustes, reformulaciones, recalibraciones, acostumbrarnos a otra manera de ser en nuestros cuerpos y a otra manera de ser en el tiempo. Para ellos horizontes ampliados, para nosotros más estrechos; para ellos, cuerpos que se afirman, para nosotros, cuerpos que pierden vitalidad. ¡Irónica naturaleza!, poner bajo un mismo techo a seres de subida y seres de bajada. El hecho inevitable es que, padres e hijos, debemos afinar identidades y aceptar que se va terminando una parte de nuestros respectivos ciclos vitales.

Pero, tanto ellos como nosotros seguimos nuestros caminos y logramos responder de manera razonable las tareas de desarrollo que nos esperan. Cualquier alejamiento e malentendido dejará pequeñas heridas que sanarán, seguramente cuando en una sala de parto una nueva vida los haga padres a ellos y abuelos a nosotros.

No, no es sencillo ser padre en los tiempos que corren… ni hijo. Todos los marcos de referencia parecen desmoronarse, sin que haya seguridad acerca de los que acechan. Hartas recetas, pocos principios que nos permitan definir un norte y encaminarnos hacia él con un mínimo de confianza. Al contrario: modas se suceden con afirmaciones contradictorias que confunden. ¿Qué ofrecen? Una felicidad poco realista y la adquisición de habilidades y conocimientos que harán ineluctable el éxito futuro.

Lo que David Elkind, premonitoriamente —en los años 80— llamó “el niño apurado”, que va de la mano con padres, igualmente apurados, que corren como hámsters al son de gurús y manuales de autoayuda. Talleres, seminarios, academias, cursos, nivelaciones, terapias, con las que tercerizamos nuestras funciones, en el fondo la de formar chicos que sean “gente”, apelando sin complejos a nuestras tradiciones y valores.

Si tuviéramos más tiempo para discusiones cara a cara —no grupos de mensajería—nos daríamos cuenta que esa capacitación apurada, desprovista de principios que le den sentido, tiene como efecto el debilitamiento de la familia y la escuela, y una desorientación en la cual proliferan identidades difusas, lealtades rotas y conductas de riesgo.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos necesarios están marcados *

Puedes usar las siguientes etiquetas y atributos HTML: <a href="" title=""> <abbr title=""> <acronym title=""> <b> <blockquote cite=""> <cite> <code> <del datetime=""> <em> <i> <q cite=""> <strike> <strong>

 
  • @2014 Fundacion Telefónica