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La identidad enredada

Por: Roberto Lerner. 4 septiembre, 2016

Imaginemos un punto en un plano o en el espacio. La geometría nos dice que para ubicarlo necesitamos referencias. 2 en el primer caso y 3 en el segundo. Si añadimos más dimensiones la cosa se complica. La identidad se hace más compleja.

Los seres humanos también requerimos varias coordenadas: nuestros nombres y apellidos, nuestro número de DNI, nuestra edad, la generación a la que pertenecemos, la religión que profesamos, el país donde vivimos y la ciudad que habitamos.

Inicialmente, los espacios en los que las principales interacciones entre géneros y generaciones, entre las personas en general, ocurrían, eran públicos. La privacidad, salvo para unos pocos, realmente muy pocos, no existía. Vivíamos juntos y revueltos, en dormitorios comunes, en plazas abiertas, en ferias, campos y templos. Los principales hitos e intercambios, tanto culturales como materiales, se producían ante la mirada del grupo, en el grupo.

Lentamente, entre el ocaso de la Edad Media y el Renacimiento, los viajes a tierras lejanas, un incremento de áreas protegidas, Estados cada vez más sólidos y la posibilidad de multiplicar la información accesible, con la imprenta, produjeron individuos crecientemente más reacios a aceptar vivir la vida, pensar la vida y entender el mundo, según dogmas emanados de fuentes cuya única validación era la autoridad.

Se inició un viaje hacia adentro, hacia el mundo interno, hacia la discusión de ideas, la contrastación de pruebas, la posibilidad de ofrecer relatos alternativos provenientes del individuo y la interacción entre su mente y el universo. El hogar, opaco a la mirada de los otros, era un nido protegido, dentro del que surgían relaciones íntimas, donde el orden, la disciplina y la higiene, producían personas que tenían derecho a saber y hablar.

Lo que marcó buena parte del siglo XX fueron individuos y ciudadanos, con una educación más o menos homogénea y pública, criados en hogares privados, razonablemente solventes en las artes de la comunicación escrita y el manejo de operaciones básicas con números, identificados con una lengua y una historia nacional, habitantes de grandes ciudades y situados en alguno de los papeles de la sociedad industrial, con cada vez más posibilidades de recibir información.

Los últimos 25 años de ese siglo estuvieron marcados por cambios económicos, geopolíticos —el colapso del imperio soviético y el final de la guerra fría— y tecnológicos, que fueron generando una globalización cada vez más intensa, el marco de la cual fue comunicaciones cada vez más inmediatas y ubicuas, una interconexión que puso en contacto a todos con todos.

Internet pasó rápidamente de ser una red de especialistas, académicos y militares —estos últimos son quienes la comenzaron— a ser el espacio en el que las personas, independientemente de su ubicación y edad, se convirtieron en productores y consumidores de contenidos. De páginas Web inertes, foros cerrados y correos electrónicos, se pasó a enciclopedias colaborativas, buscadores, almacenes virtuales y servicios en línea; y de lo anterior, a redes sociales y aplicaciones; para terminar en un entorno en el que lo público vuelve a ser central, en el que todos somos escrutados, seguidos y nuestras huellas procesadas con algoritmos que se adelantan a nuestras decisiones y deseos.

Hoy en día, las habilidades cognitivas que sustentan una cultura de texto, secuencial, lineal, de espera, de diálogo interno, parecen perder vigencia. La atención se ha vuelto saltarina, hipertextual, sin dirección única, hiperactiva. Buscamos resultados inmediatos, retroalimentación instantánea, rechazamos la espera y el mediano plazo.

Innovación y cambio parecen dominar nuestros escenarios: tanto en el nivel de los productos que compramos, los servicios que usamos y las relaciones interpersonales. Nada es para toda la vida y todo puede ser reemplazado. Podría decirse que debe ser reemplazado.

Lo que ha terminado por dominar la manera en que nos vemos, es la manera como nos ven: la necesidad de aprobación y atención, de ser observado, “manyado”, de acumular pulgares hacia arriba, ha llevado a que nos expongamos permanentemente, podamos avergonzar y ser avergonzados, construir y destruir reputaciones, compararnos todo el tiempo con esos otros de los que nos sentimos parte, pero que están lejos y que nos remiten a lo que nos falta, a lo que no hacemos, a lo que no somos.

En las plazas de antaño nos sentíamos, junto con otros, nosotros. En nuestros hogares opacos, más adelante, nos sentíamos con otros, nosotros. En las ciudades y países, nos sentíamos con otros, nosotros. En el enredo virtual, hay muchos, muchos otros más, pero, por lo menos por ahora, no son nosotros. Es un plural vacío.

Acerca de Roberto Lerner

Soy psicólogo y aunque me preparé para pasar la vida en algún instituto de investigación, terminé siendo una suerte de potpurrí de la psicología: profesor universitario con algunos trabajos académicos, maestro de escuela recalcitrante, psicoterapeuta de niños y adolescentes, especialista en el campo de la intervención en crisis, consultor en recursos humanos, columnista semanal en dos diarios de circulación nacional, conferencista. En fin, sin duda versátil, curioso aunque no sistemático, hiperactivo, lector voraz y con una vocación marcada por la difusión de la ciencia, la popularización de datos e ideas, el establecimiento de puentes.

Comentarios (6)

    • Hola Maritza: yo diría, más bien, que la identidad se está configurando de maneras distintas. Eso no quiere decir que sea un fenómeno negativo. Es lo que es, puede gustar o disgustar a quienes la construimos en circunstancias diferentes, pero, creo, sobre todo quienes interactuamos con personas jóvenes, hay que comprenderla. Un saludo.

  1. Pues sí, estoy de acuerdo contigo. Estamos en la cultura de lo descartable, nada dura demasiado, o no lo aguantamos mucho. Todo está de paso, la velocidad de lo que se vive es tanta que no hay descanso. Nada nos sacía y nada nos llena, es una búsqueda constante, una adicción a “estar conectado”. A mi edad no lo entiendo, pero lo vivo.

    • Hola Lilia, gracias por tu aporte, está muy bien expuesto. Es un dato de la realidad; guste o no, por ahí van las cosas. Creo que podemos establecer alianzas con los jóvenes, mostrar el valor del silencio, de la escucha, sin oponernos a lo que significan las tecnologías de la comunicación. Nuevamente, muchas gracias.

  2. Hola, profe. Siempre un gusto leerlo y escribirle. Muy interesante su exposición. Quisiera compartir lo que su texto me ha hecho recordar. Recuerdo las veces cuando Marco Aurelio Denegri (MAD) aborda el tema de los grandes cambios en las últimas décadas. Señala cuatro ismos característicos de nuestra era digital y sociedad informática: el inmediatismo, el facilismo, el fragmentarismo y el superficialismo. Se han multiplicado los estímulos, y en la impresión de MAD, lleva a las actuales generaciones a “volcarse hacia afuera”, fomentando la extraversión en detrimento de la introversión. Sumado a esto, él comparte su preocupación por el cambio de una “lectocracia” a una actual “videocracia”. Detengo aquí el compartir de las consideraciones de MAD. He encontrado en su texto, profe, similitudes con la exposición de MAD. A él le preocupa hacia dónde vamos con generaciones con esas configuraciones. Considera irreversible esos fenómenos. Traslado algunas preguntas qué él suele hacer cuando conversa con sus invitados: ¿Encuentra usted reversible este fenómeno de mayor extraversión debido a los cambios que usted y él señalan? Y yo quisiera agregar otra pregunta. ¿Considera que estas nuevas configuraciones de la identidad de los jóvenes son para preocuparse? Saludos.

    • Hola Fabrizio. Agradezco sus comentarios, siempre bienvenidos e interesantes. Yo creo que no debemos idealizar, pero tampoco satanizar. Las configuraciones mentales, como las llama usted, siempre tienen que ver con las tecnologías, siempre. La identidad, la intimidad, la imaginación se dan dentro de esas tecnologías. Lo que significa ser humano, cambió con la escritura, con la imprenta y así. También con el automóvil. Hasta entrado el renacimiento, digamos, en realidad hasta la segunda mitad del siglo XVII, todo se jugaba hacia afuera, en las plazas, los templos, los dormitorios comunes. Luego las cosas comienzan a volcarse hacia adentro y ahora la dirección ha cambiado nuevamente. No son cambios reversibles, en el sentido que las cosas nunca vuelven a ser como antes, pero no quiere decir que se van a quedar así. Algunas cosas preocupan, otras entusiasman. Un saludo muy cordial.

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