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La tortura de las compras

Por: Roberto Lerner. 4 marzo, 2011

fuente: silvia rico

Fuente: Silvia Rico

Los supermercados o los mercados, dependiendo de dónde uno va a hacer las compras y cuán inserto está en la modernidad, son lugares en los cuales uno puede ver juntos a padres, usualmente pero no exclusivamente madres, y a sus niños de diversas edades. El ritual de hacer las compras de la semana o del día es tan importante como cualquiera de los otros que definen la vida cotidiana, como son el levantarse, dormir o comer. Y muchas veces tan o más intenso. Sin embargo, tiene una particularidad que lo diferencia del resto: es una actividad pública, como por ejemplo salir a pasear al parque o ir al cine.En ese sentido combina la intimidad familiar con la exhibición de nuestros estilos de relación, y no puede dejar de incluir una cierta tensión ya que de alguna manera estamos pasando un examen implícito ante los ojos, pensamos, severos del resto. Aunque como todos estamos preocupados por mantener nuestras riendas firmemente en mano, probablemente nadie se fije demasiado en los demás, a menos que…

En efecto, muchas veces somos testigos de pataletas, comportamientos desatinados, pedidos hechos de las maneras más creativas y bulliciosas, por parte de los niños; y reacciones histéricas o francamente agresivas por parte de los adultos. Entonces sí prestamos atención y seguramente hacemos algún comentario acerca de lo malcriados y malcriantes que son los otros. Los niños saben perfectamente que en esos casos todos tenemos rabo de paja, y escogen justamente esas circunstancias para poner a prueba nuestra paciencia. La amenaza del escándalo público les trae algunos beneficios no desdeñables y muchos “no” se convierten rápidamente en “sí”. Sin embargo, las compras al final del día o al comienzo de la semana son oportunidades preciosas para compartir y aprender; para tomar decisiones en conjunto, discutir el valor de ciertos productos o alimentos, comparar gustos de los miembros de la familia, negociar compromisos y hasta comenzar un temprano entrenamiento en las más modernas técnicas de la administración empresarial. A partir de los 2 ó 3 años, cuando los niños ya pueden entender lo que queremos de ellos, hay algunas maneras de manejar o evitar situaciones problemáticas.

Antes de entrar a la tienda no es mala idea revisar algunas reglas básicas de comportamiento, y plantear expectativas positivas como “sé que podrás ayudarme a escoger algunas de las cosas que vamos a comprar”. Es importante aprender a resistir las presiones para comprar objetos innecesarios sobre la base de pedidos hechos con llanto, gritos o cualquier forma parecida de comportamiento. En primer lugar debemos, con calma y firmeza, afirmar que nos es imposible saber qué es lo que quiere nuestro interlocutor en medio de sollozos o gritos –que se deben ignorar– y explicar cómo sí podemos escuchar. En segundo lugar, podemos llegar a un acuerdo acerca de un producto –golosina o algo más nutritivo– al final del trayecto si se cumplen algunas condiciones; y ser capaces de negarnos a darlo cuando ello no sea así. En ese caso, siempre es bueno terminar el asunto con una nota positiva afirmando que se está seguro que la próxima vez que se vaya a comprar las cosas irán mejor.

Lo anterior debería ser suficiente, pero a veces las cosas se ponen más duras y no es posible seguir la actividad de compras normalmente. ¿Qué hacer?

Primero decir que sabemos que él o ella puede hacer las cosas de otra manera, y que si no es así que tendremos que interrumpir las compras e ir al carro hasta que se calme, para regresar luego. Si la advertencia no basta, deberemos afirmar que él o ella ha decidido ir al carro, encargar nuestro coche de compras a alguien e ir al vehículo sin pegar o gritar, de manera calmada pero firme. Cuando nosotros y el niño estemos tranquilos podemos informarle que aparentemente se puede volver a tratar, y si el descontrol no amaina debemos anunciar que volvemos a casa y que la próxima vez no tendremos su compañía al hacer las compras. Es muy difícil que ninguna de las medidas anteriores tenga el efecto deseado. La técnica del carro es muy útil y generalmente basta aplicarla una sola vez para que las cosas queden claras. Obviamente, hay días en que hay tormenta de todas formas. En esas ocasiones, como en los aviones, hay que abrocharse los cinturones de seguridad.

Acerca de Roberto Lerner

Soy psicólogo y aunque me preparé para pasar la vida en algún instituto de investigación, terminé siendo una suerte de potpurrí de la psicología: profesor universitario con algunos trabajos académicos, maestro de escuela recalcitrante, psicoterapeuta de niños y adolescentes, especialista en el campo de la intervención en crisis, consultor en recursos humanos, columnista semanal en dos diarios de circulación nacional, conferencista. En fin, sin duda versátil, curioso aunque no sistemático, hiperactivo, lector voraz y con una vocación marcada por la difusión de la ciencia, la popularización de datos e ideas, el establecimiento de puentes.

Comentarios (2)

  1. ¡Muy buen post!, pero no todos los padres tienen carro. Poniéndome en ese caso traté de ver la situación como simplemente saliendo del establecimiento público, pero ahí caigo en que el hecho de no tener carro (un espacio privado en medio de la calle, por excelencia público) disuelve un poco esta estrategia, ya que al no tener este espacio privado (ok, sales del establecimiento público a la calle que es más pública aún) la posibilidad de una reconciliación se vuelve más difícil. De todas maneras, me parece muy interesante la entrada. Saludos.

    • Víctor: lamento mucho la demora en comentar su comentario. Lo que usted dice es muy razonable y hace una excelente distinción entre lo público y lo privado. De todas formas, uno puede contener al niño, ponerse a la altura de su vista y decirle con calma lo que está en juego y nos disponemos a hacer. También en un sitio público uno puede tener una conversación privada y las personas se dan cuenta de que uno está haciendo algo razonable. Agradezco su apreciación del post. Un saludo.

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