Entrevista a Ricardo Bedoya: “Censurar es cortar las posibilidades de exponer y motivar razones”

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15 diciembre, 2017

Foto: Diego Panta/U. de Lima

A los 18 años publicó su primera crítica cinematográfica en “Hablemos de cine”, revista pionera en Latinoamérica. Pero su historia de fascinación con las películas empezó mucho antes. Ricardo es abogado de profesión, crítico, profesor e investigador de la Universidad de Lima y dirige el programa televisivo El Placer de los Ojos. Con él hablamos de censura, del cine peruano y, por supuesto, de educación mediática.

Recientemente una película -La paisana Jacinta- ha renovado la polémica sobre la censura, en este caso, por el tinte racista de su protagonista. ¿Cuál es tu posición?

Como película, “La paisana Jacinta” es nula; como comedia, inexistente; como producción audiovisual, rudimentaria; como representación de un personaje, de un mundo o de una realidad, es primitiva, burda y caricaturesca. Pero proponer su censura –como la de cualquier película, obra de teatro, exposición o novela, por grotesca o degradante que nos parezca— me parece un despropósito. En primer lugar, porque la censura dejó de existir en el Perú el año 1980, al entrar en vigencia la Constitución de 1979 y, por eso, no existe en el país ninguna institución en capacidad de aplicarla, so pena de incurrir en infracción penal. Luego, porque toda censura es funesta: supone el menoscabo moral o intelectual de los ciudadanos. Siendo incapaces de discernir entre el bien y el mal, o entre lo correcto o lo incorrecto, no les queda más que acatar los mandatos de esclarecidos tutores o curadores. No olvidemos que hasta los años setenta las películas que se salvaban de la prohibición total recibían calificaciones tan ridículas como la siguiente: “Prohibida para menores de 21 años. No recomendable para señoritas”.

Pero sigue siendo una opción plausible para muchos…

Ejercer la censura es el resultado de un acto abusivo de poder. Y no solo del poder político. Existen también censuras económicas fundadas en una visión “teológica” del mercado que excluye todo aquello que escapa a la estandarización. Lo más preocupante es que, a estas alturas, y a propósito de “La paisana Jacinta”, se haya propuesto el ejercicio de prácticas censoras apelando a subterfugios. No habría necesidad de censurarla –se dice en las redes sociales-, solo se requeriría que las salas no la programen, al igual que a otras películas racistas o sexistas, o que fueren juzgadas como tales. Después de todo –afirman– las salas ya excluyen de su programación a muchas películas peruanas. El argumento es increíble: propone naturalizar las prácticas excluyentes y restrictivas adoptadas por los circuitos de exhibición, consagrando el maltrato que sufren tantas películas peruanas.

¿Hay límites para ejercer la libertad de expresión en el cine? Escuché de un debate que sostuviste con Monseñor Durand sobre si debían prohibir “La última tentación de Cristo”, por ejemplo, por considerarla una burla a la religión católica. ¿El cine que ofende es censurable?

Los límites para el ejercicio de cualquier libertad son los que señala la ley. No existen otros. La historia de la censura en el Perú es una suma de vergonzosos estropicios cometidos en nombre de las “mejores razones”, como “la protección de los valores nacionales”, “la defensa de las creencias religiosas de nuestro pueblo” o “el resguardo de la formación de los menores”. Y nunca fue tan activa como en épocas de dictadura. Las “juntas de supervigilancia de películas” (así se llamaban), desde los tiempos de Odría hasta los de Morales Bermúdez –para no remontarnos a la primera mitad del siglo XX-, vetaron, mutilaron o postergaron los estrenos (la censura tenía la potestad de cortar escenas incómodas) de títulos de Ophuls, Brooks, Pasolini, Bergman, Kubrick, Oshima, Visconti, Peckinpah, Bertolucci, por citar algunos nombres de cineastas famosos.

En 1985, ante el improbable estreno de “Te saludo María”, de Jean-Luc Godard, algún representante del episcopado peruano solicitó su veto anticipado para no perturbar la fe mariana del pueblo peruano. Esa película ofende a nuestra madre, dijo. Argumentos semejantes se esgrimieron en contra de la exhibición de “La última tentación de Cristo”, de Scorsese. Son comprensibles los sentimientos expresados, pero no pueden ser motivos suficientes para justificar un veto. Como tampoco lo es la ofensa que puede causar un discurso racista, por más abominable que nos parezca.

A un discurso ofensivo se le puede oponer el boicot ciudadano (que se puede expresar en campañas que disuadan a la concurrencia) o la indignada protesta, pero sobre todo debe imponerse el gesto de hacerle frente a través del debate, la polémica y la explicación. Censurar es cortar de plano las posibilidades de exponer y motivar razones.

En tu reciente libro “El Perú Imaginado” analizas cómo el país se ha representado en el exterior desde un etnocentrismo occidental, lo que ha dado como resultado un lugar entre exótico, fantástico y violento. ¿Cuál es la mirada del Perú en nuestro propio cine?

Hay muchas miradas, y muy diversas entre sí. En los últimos veinte años, el cine ha dejado de mirar al país desde Lima. Ahora es representado desde Ayacucho, Puno, Cajamarca, Lambayeque, entre otros lugares. Y eso está ofreciendo una pluralidad inimaginable hasta hace un tiempo.

¿Qué representaciones resultan novedosas? Sin duda, la de los jóvenes que apelan a recursos y prácticas culturales antes desechadas para hallar un lugar en la ciudad, o aquellos que encuentran en la deriva permanente una forma de “estar ahí”. Las que dan forma de fábula, narración genérica o relato fantástico a las experiencias de la filiación incierta, del incesto, del alcoholismo, de la violencia familiar, de la corrupción de las autoridades. Las que dramatizan episodios del pasado de violencia o crean personajes que encarnan la noción de la posmemoria. Las que recrean con desparpajo las convenciones del cine transnacional y no dudan en coreografiar combates de artes marciales en los espacios andinos. Las que se alejan del peso de la tradición indigenista para imaginar otras formas de mostrar los paisajes de altura y la vida que transcurre ahí. Los que se cotejan con los modos del “cine de autor” contemporáneo y transitan por las vías de la ficción documentada o del documental ficcionado, del “cine del yo”, del minimalismo y la contemplación, o del “fake”, entre otras.
Hay muchas miradas sobre el Perú. El problema es que el público no puede “mirar” la mayoría de esas películas. Poquísima son las que llegan a las cadenas de salas.

Emilio Bustamante ha publicado recientemente una extensa investigación sobre el cine regional peruano, cuya producción es muy rica pero muy desconocida en Lima. ¿Por qué no lo vemos? ¿Es muy ingenuo sugerir alguna política pública que nos permita mirarnos más, como ocurre, por ejemplo, en Europa?

Hace unos días, la congresista fujimorista Cecilia Chacón sustentó el recorte del presupuesto del sector Cultura para el año 2018, preguntando, en tono desafiante, si acaso se quiere más gasto público en cine para hacer “películas independientes”. Por supuesto, al cabo de la sesión, el presupuesto fue recortado.
Ante ese panorama penoso congresal sí resulta ingenuo pensar en políticas públicas que se orienten a dar mayor visibilidad al cine peruano. Los motivos no solo tienen que ver con la necesidad de mantener la ortodoxia del régimen económico. También con temores y fobias. El temor a un cine que reflexione sobre el pasado reciente, que trate sobre todos los asuntos irresueltos que llevamos como sociedad. Que apele a la memoria. A muchos políticos no les conviene eso.

¿Tenemos un público poco exigente y crítico o esto es un cliché muy academicista? De ser así, ¿puedes atribuir este problema a la falta de educación mediática?

En los años setenta, el cineasta alemán Wim Wenders dijo que Hollywood había colonizado el subconsciente de los espectadores. Si esa observación describía muy bien el panorama de la oferta cinematográfica de hace cuatro décadas, ahora tiene una vigencia indiscutible. Hollywood ha logrado que los públicos de todo el mundo identifiquen los estándares de sus películas con los del cine como forma expresiva. Hollywood es el “Cine”. Todo lo demás está en la periferia. Aquello que no ha sido puesto a prueba en los públicos masivos se ubica en los márgenes.
Es difícil ser exigente y crítico si se carece de opciones y no se tiene acceso a otras formas narrativas, a distintos modos de representación, a ritmos y estilos alternativos, a tipos diversos de actuación. La oferta internacional de los multiplexes, siempre igual a sí misma, reciclada al infinito, ha modelado a espectadores que solo se reconocen en estándares de emoción prefabricados. Nunca, como hoy, el cine distinto, el más exigente y creativo, ha estado tan alejado de las salas públicas, tomadas por la mecánica de las secuelas, precuelas, spin-off y reboots.

Finalmente, ¿cuál es el rol de la escuela en la formación de una mirada más crítica frente al cine? El educador Constantino Carvallo, por ejemplo, promovía la cinefilia pero era contrario a la idea de agregar cursos de cine en la escuela por miedo a que se convirtieran en datos inútiles.

Sin la experiencia del placer no puede formarse una mirada crítica –es decir, fundada en la comprensión y en el goce- frente al cine, como frente al arte en general. Los temores de Constantino se entienden perfectamente. Derivan de los peligros de colocar una camisa de fuerza a la vivencia de libertad que debe presidir el acercamiento al cine. En “La hipótesis del cine”, una libro fundamental sobre este tema, Alain Bergala cita a Godard: “Porque existe la regla, existe la excepción. Existe la cultura, que es la regla. Y existe la excepción, que es el arte. Todos dicen la regla –camisetas, computadoras, televisión-, nadie dice la excepción, eso no se dice. Eso se escribe –Flaubert, Dostoievski-, eso se compone –Gershwin, Mozart-, eso se pinta- Cézanne, Vermeer-, eso se filma –Vigo, Antonioni-.” Luego de la referencia godardiana, Bergala agrega: “Siguiendo el hilo de esta cita, podríamos seguir: el arte, eso no se enseña, eso se encuentra, se experimenta, se transmite por vías diferentes al del saber único, y a veces, incluso sin ningún tipo de discurso. El quehacer de la enseñanza es la regla, el arte debe ganarse un lugar de excepción dentro de ella”.
¿Cómo ganar ese lugar de excepción más allá de los horarios, de los exámenes, de las reglas ministeriales, de la rigidez curricular? Un paso importante sería lograr que en la escuela se pudiera compartir las primeras emociones del espectador cinematográfico: el descubrimiento de la belleza de las imágenes y el temple de los movimientos, desde Hitchcock hasta Jackie Chan. Procurar que se viva la “excepción”.

Entrevista realizada por: Julio César Mateus (Foto: Diego A. Panta / Ulima)

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