Martes 06 de marzo de 2018

Sin prisa, pero sin pausa: pedagogía lenta


Uno de los signos del tiempo que vivimos es el culto a la velocidad y a la inmediatez. Este aspecto llega a afectar a todas las facetas de nuestra vida llegando a tener un coste tanto a nivel colectivo con el consumo de materias primas y su impacto en la naturaleza como a nivel personal, ya sea afectando a nuestra salud o por la superficialidad de muchas de las cosas que realizamos en nuestro día a día.

Como reacción a este modelo de vida, en 1989 se originó el movimiento slow (gracias al italiano Carlo Petrini) aunque el concepto no cobró fama hasta el año 2004 gracias al libro Elogio de la lentitud del periodista Carl Honoré. Este movimiento propugna el equilibrio entre velocidad y lentitud y, por supuesto, no significa hacer las cosas de forma lenta sino más bien buscar un equilibrio entre ambos tempos, en resumen, controlar el ritmo de vida. Si bien originariamente esta idea estaba vinculada al desarrollo sostenible o al decrecimiento se ha extendido a otros aspectos de la vida como el sexo, la comida o, como os vamos a mostrar, a la educación.

Una educación lenta y sostenible

Si bien este movimiento nos puede parecer una novedad a nivel educativo, sus ideas principales vienen de lejos. Los antiguos ya nos advertían del conflicto entre la velocidad (cronos) y el tiempo necesario para hacer las cosas correctamente (kairós). Filósofos como Platón o Aristóteles ya nos alertaron sobre los peligros de la formación compulsiva o sobre lo importante que es gestionar nuestro propio ocio y tiempo para nosotros mismos. Otros referentes pedagógicos como Rousseau, Piaget o Dewey teorizaron sobre la necesidad de adaptar la educación del niño, de no sobrecargar los planes de estudio y sobre no “quemar” fases, recalcando que el niño no es un adulto en miniatura, si no un sujeto específico que necesita un tiempo para su aprendizaje. De esta forma, no deberíamos llevar al terreno de la infancia el competitivo mundo de los adultos ya que, como dijo Paulo Freire, sobrecargar de tareas no deja ser niño.

Aún con estos referentes, el slow schooling (o education) no tomará cuerpo hasta inicios del nuevo milenio. En el año 2001 el decano de Harvard, Harry Lewis, publicará una carta a los nuevos estudiantes con el título de Ir más despacio alertado por la demanda de algunos estudiantes de poder completar aún antes los estudios universitarios. No en vano, toda esa sobrecarga y competitividad que reciben los niños acaba repercutiendo en los adultos ya que, en ocasiones, buscamos una formación y renovación constante en pos de una hiperformación (la llamada titulitis) sin dejar asentar o profundizar del todo en aquello que aprendemos. Al año siguiente el pedagogo Maurice Holt publicará el manifiesto slow schooling que alertaba sobre la uniformidad de currículos, la acumulación memorística de contenidos y la estandarización de pruebas. Por el contrario, propugnaba el estudio a un ritmo más lento, la interrelación de conocimientos y la profundización en los temas.

Posteriormente (2008), el propio Honoré dedicaba un libro específico a los efectos del culto a la velocidad y a la competitividad en la infancia. En Bajo presión (con el elocuente subtítulo de Cómo educar a nuestros hijos en un mundo hiperexigente) nos advertía del aumento de la obesidad infantil pero también de la hipercompetitividad en el deporte, de los desórdenes psicológicos y alimentarios o de las dificultades de algunos niños para relacionarse. Al mismo tiempo nos advertía de que los niños pueden tener diversas aptitudes e intereses y que hay diversos caminos para llegar a la adultez y para educar a nuestros hijos.

Así pues, estas ideas fueron calando y comenzaron a establecerse diferentes escuelas que tienen estos preceptos en mente: la escuela Apple Tree en Japón, las escuelas Waldorf (que ya podemos encontrar en nuestros país) o el propio modelo educativo finlandés son deudores de las ideas slow.

Los preceptos del slow schooling

El modelo de educación lenta está centrado en fijar unos ritmos equilibrados que respeten los diferentes ritmos de aprendizaje, no se trata de dejar hacer al libre albedrío. En su libro Elogio de la educación lenta, Joan Domènech fija algunos principios que considera importantes para llevar a cabo este modelo de educación, algunos de ellos son los siguientes:

  • La educación es un proceso lento, cualitativo y sostenible.
  • Hay que respetar los tiempos específicos de cada niño y el momento oportuno para aprender.
  • Hay un tiempo para ser niños y otro para relacionarse con los adultos.

El objetivo último de esta ralentización de procesos es que el aprendizaje sea más significativo, que la adquisición de conocimientos sea más duradera y en dar momentos de tranquilidad para que la mente “desconecte”. Por contra hay que tener en cuenta que el tiempo no es percibido de la misma forma por los diferentes agentes que están relacionados con la educación: el tiempo de la burocracia, de los gestores y políticos educativos, del profesorado y del alumno es “diferente”. De hecho, una parte muy importante de la adaptación a este nuevo modelo pedagógico está relacionado con estos tiempos y su relación con el horario, el currículo y la evaluación, aspectos que sirven para controlar el proceso educativo y que pueden ser susceptibles de reforma o cambio.

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Este artículo fue publicado originalmente en AulaPlaneta.