Jueves 10 de octubre de 2019

¿Innovar en educación? Por supuesto, siempre que sea conveniente


Por Santiago Cueto:

Durante los últimos años en el Perú, y el mundo, se habla con pasión y vehemencia de la urgencia de innovar en todos los aspectos de la vida. La innovación se asocia a los rápidos cambios en tecnologías, en particular de internet, que nos obliga a adaptarnos rápidamente si es que queremos sacarles provecho. Esta urgencia por innovar se siente ciertamente en educación, donde por ejemplo se convocan frecuentemente a concursos para promoverla y premiarla. Si bien no se debe negar la importancia de la innovación, en este artículo discutimos algunas preocupaciones sobre el tema, para plantear luego algunas propuestas.

Mi primera preocupación es que a menudo percibo que, en el interés por innovar, las personas que la proponen como prioridad olvidan que estamos hablando de un medio, no un fin. Nuestra finalidad en educación debería estar vinculada al logro de los objetivos planteados con nuestros estudiantes, por ejemplo, aprendizajes vinculados al currículo nacional, habilidades generales como las que se plantean desde diversos organismos internacionales (por ejemplo, las denominadas “habilidades del siglo XXI”) y estrategias para seguir aprendiendo a lo largo de la vida. Cualquiera de estos fines se puede lograr con estrategias innovadoras, pero también con otras que no lo sean tanto, basadas por ejemplo en prácticas probadas, algunas añejas, en nuestros contextos u otros.

Mi segunda preocupación es que las personas que promueven la innovación en el Perú suelen tener interés solamente en cambios radicales y disruptivos, que de alguna manera vayan en contra de todo lo que se ha venido haciendo. Si bien los cambios disruptivos pueden ser convenientes o necesarios en algunos casos, la experiencia muestra que son los más difíciles de lograr. Como alternativa, hay formas de innovar que no se basan en la disrupción sino en el mejoramiento gradual y constante, en busca de los fines planteados en el proyecto. Este último modelo parece más realista y beneficioso, y al alcance de muchos de nosotros, que el modelo disruptivo de innovación. El modelo de innovación gradual y constante permite además ir recogiendo información empírica sobre los beneficios de la innovación e ir corrigiendo y mejorando la implementación. En cambio, el modelo de innovación disruptivo nos pone constantemente frente al reto de abandonar lo avanzado y volver a empezar de maneras radicalmente diferentes.

Mi tercera preocupación es que a menudo percibo a los innovadores menospreciando la investigación, hallazgos y teorías que se pueden encontrar en diversas fuentes, pues se piensa que estas pertenecen al pasado y, por tanto, no serían innovadoras; para ser innovador, se dice, hay que anticipar el futuro, a pesar de lo complicado que es esto y lo errado que han estado tantas veces muchos futurólogos. La posición de ignorar lo que se ha aprendido en otros contextos prácticamente equivale a menospreciar el papel de la historia como fuente de conocimiento y desarrollo. Se han documentado muchas experiencias que describen cómo un programa que parecía una innovación genial en un momento determinado ha sido probado en diversos contextos, con resultados menos que deseables. Un ejemplo reciente y doloroso para el Perú fue la gran inversión realizada hace algunos años en el programa Una Laptop por Niño, que introdujo el uso de computadoras XO en las vidas de cientos de miles de estudiantes peruanos. Varias evaluaciones y estudios, así como la experiencia de muchos docentes, sugieren que no se tuvo el impacto deseado, aunque en algunos contextos hubo docentes que lograron grandes resultados. Así, en muchos casos no hay que fijarse en la herramienta solamente, aunque sea disruptivamente innovadora, sino en el modelo pedagógico en que se sustenta la innovación.

Mi cuarta preocupación es que se suele equiparar innovación con uso intensivo de tecnología, cualquier tecnología. De nuevo, si consideramos que la innovación es un medio para el logro de los objetivos planteados, la tecnología puede ser un recurso pedagógico, al igual que muchos otros. Esto no niega la importancia de la tecnología, en particular de las aplicaciones de internet, en nuestras vidas, que será sin duda creciente en los próximos años. Sin embargo, la evidencia muestra que el logro de las metas educativas que nos planteemos se puede dar a través de diversos medios, incluso algunos tradicionales. Por ejemplo, son múltiples las ocasiones en que he salido inspirado y motivado de escuchar ponencias de grandes intelectuales, de los que he aprendido mucho, pues me han dejado pensando. Otro ejemplo es el trabajo pedagógico con material concreto, en particular durante los primeros años de educación formal, para el aprendizaje de matemática. Un tercer ejemplo es que, a través de la observación de la conducta de modelos sociales, positivos y negativos se aprenden valores, actitudes y conductas ciudadanas que tienen que ver con el corazón de lo que se pretende con una buena educación. En ninguno de estos ejemplos se usa tecnología de manera prioritaria.

En el diseño o revisión de programas se debe buscar alcanzar los objetivos previstos (eficacia) con el menor uso de recursos posible (eficiencia). La innovación puede ser conveniente por supuesto para incrementar la eficacia y la eficiencia, pero también se puede lograr lo anterior sobre la base del conocimiento sistemático acumulado en la investigación académica. Al respecto, hay múltiples fuentes que se podrían consultar. A continuación se sugieren algunas.

En primer lugar, en el Perú desde hace poco más de una década existe la Sociedad de Investigación Educativa Peruana (SIEP), que publica una revista académica y organiza un seminario cada dos años (https://www.siep.org.pe). A escala internacional, la Red Iberoamericana de Investigación sobre Eficacia y Cambio Escolar (rinace.net) da acceso a cuatro revistas académicas con experiencias relevantes para la educación, incluyendo los fundamentos teóricos y resultados de evaluaciones de varios tipos de programas.

Sin embargo, revisar las investigaciones una por una puede tomar mucho tiempo y en algunos casos dar resultados aparentemente contradictorios (por ejemplo, un programa puede tener un impacto positivo en el aprendizaje en un contexto y no tener impacto en otro). Para superar este reto, durante las últimas décadas se ha desarrollado un diseño de investigación a través del cual se acumulan todos los estudios en un área específica para producir resultados sintéticos; en otras palabras, se busca saber qué se sabe del conjunto de investigaciones rigurosas sobre un área educativa determinada. A este tipo de investigación se le denomina revisión sistemática (una de las metodologías más conocidas en este campo es el metaanálisis). Ejemplos de páginas web con resultados de evaluaciones sistemáticas son: 1) el Skills Bank, desarrollado por el Banco Interamericano de Desarrollo, que ha identificado intervenciones exitosas en cuatro niveles educativos, con un formato amigable disponible en la web (https://skillsbank.iadb.org/es); 2) el Laboratorio de Investigación e Innovación en Educación para América Latina y el Caribe (SUMMA), que ha desarrollado una Plataforma de Prácticas Educativas Efectivas que resume los resultados de diferentes tipos de intervenciones educativas (https://www.summaedu.org/plataforma-de-practicas-educativas-efectivas/); 3) la Iniciativa Internacional para la Evaluación de Impacto (3ie) ha desarrollado una serie de revisiones sistemáticas sobre “lo que funciona”, incluyendo un interesante reporte sobre educación en países en desarrollo (https://www.3ieimpact.org/evidence-hub/systematic-review-repository/interventions-improving-learning-outcomes-and-access), pero hay otras revisiones en esta web sobre varios temas educativos.

Nada de lo anterior es un argumento para minimizar la importancia de la innovación educativa, pero sí para enfatizar que se trata de un medio y no un fin, y que la creatividad siempre puede ser alimentada por la información existente, en particular la que proviene de la investigación. No se trata sin embargo de copiar lo que otros han hecho, sino de considerarlo en adaptaciones educativas para nuestros contextos específicos, de acuerdo con el potencial, intereses y necesidades de nuestros estudiantes y las comunidades con las que trabajamos. Lograr adaptaciones exitosas puede requerir mucha creatividad.

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Santiago Cueto es Licenciado en Psicología Educacional por la Pontificia Universidad Católica del Perú y Doctor en Psicología Educacional por la Universidad de Indiana, Estados Unidos. Actualmente es Director Ejecutivo e Investigador Principal de GRADE, es miembro del Consejo Nacional de Educación y profesor de Psicología de la Pontificia Universidad Católica del Perú. Ha sido consultor de organismos internacionales como el Banco Interamericano de Desarrollo, el Banco Mundial y la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (UNESCO). En el 2018, fue condecorado por el Ministerio de Educación con las Palmas Magisteriales en el grado de Amauta.