Lunes 25 de junio de 2018

Educación y pobreza: ¿cuál es la clave?


¿Puede un país con una renta baja, lograr que todos sus ciudadanos accedan a la educación y a la salud? Amartya Sen decía que sí y que había cien formas de probarlo. Más aún, advertía lo difícil que le sería insertarse con éxito en la economía mundial, con una población no educada o pésimamente educada.

Es verdad, hubo una época en la cual se pensaba que había primero que arreglar el mundo, curarlo de la pobreza y la desigualdad, para aspirar recién a una educación de calidad. No obstante, el círculo vicioso de este falso dilema se rompe desde hace más de 50 años, cuando empezaron a acumularse evidencias de que una buena escuela –no una millonaria sino una de calidad- podía hacer la diferencia. Así, en varios países del mundo empezaron a hacerse visibles centros educativos públicos que atendían a hijos de familias de bajos ingresos y que obtenían altos rendimientos.

La pobreza en el Perú creció un punto porcentual en el 2017, debido a que en Lima Metropolitana subió de 11% a 13.3%. A pesar de la alarma que esto ha generado y que ha actualizado el debate sobre cuál es la mejor forma de erradicarla, las personas que no tienen capacidad para consumir el mínimo calculado por la línea de pobreza, viven mayoritariamente en las zonas rurales, no en las ciudades. Carolina Trivelli nos advierte que una situación estructural como esta, no se revierte solo haciendo crecer la economía y los programas sociales, sino también mejorando la calidad de la salud y la educación pública.

Desde esta premisa y considerando que no somos ya un país de renta baja sino de renta media, la afirmación de Amartya Sen cobra aún más fuerza. Significa que no habría excusa para priorizar la inversión en educación, sobre todo allí donde hay mayor necesidad. Sin embargo, ¿cómo nos explicamos, por ejemplo, que en una región como Moquegua, con menos del 10% de pobreza, y no Huancavelica con más del 50%, gastemos por alumno más que el promedio nacional? No se trata solo de poner más dinero, nos dirá Lucas Sempé, sino de gastar mejor.

Por otro lado, podríamos considerar como una buena noticia que la demanda de los jóvenes por educación superior en el Perú, al igual que en otras regiones del mundo, se haya multiplicado y que nuestra tasa de matrícula bruta bordee el 50%. Pero, que haya más jóvenes que antes con acceso a educación superior, ¿nos prepara mejor para la lucha contra la pobreza?

Lamentablemente no. Gustavo Yamada señala que a pesar del auge en la oferta de educación superior, la distancia que la separa del empleo parece más bien haberse incrementado. Las razones no son un secreto. La oferta de educación superior, en general, sigue estando detrás de las necesidades del aparato productivo y su calidad, salvo excepciones, deja mucho que desear.

La evidencia nos dice también que las características de los primeros empleos de las personas influyen mucho en sus itinerarios laborales y de vida. ¿Es posible mejorar esa primera experiencia? Miguel Calderón nos dice que sí. Se trata de reducir el número de jóvenes no calificados que egresan de la secundaria, desarrollando competencias para la empleabilidad a lo largo de su educación básica. Se trata también de reformar a fondo la educación tecnológica, convirtiéndola en un sistema integrado con la universitaria y de calidad, en el que se invierta cada vez más y mejor. Naturalmente, hacer que la educación superior cuente como un factor para superar la pobreza pasa también por fortalecer el proceso de licenciamiento y acreditación de las universidades, algo que incomoda mucho, por ejemplo, a quienes se apoyan en la oferta universitaria de peor calidad para financiar sus actividades políticas.

Alguien podría objetar, sin embargo, que invertir mejor en la calidad de la educación básica y superior, y conectarla con las necesidades del mundo productivo, no resume todo el libreto que le toca desempeñar a la educación en la lucha contra la pobreza. Alberto Vergara diría, en efecto, que el desarrollo de un país no depende solo de su agenda económica, pues la débil institucionalidad democrática puede echar por tierra los mejores proyectos, permitiendo que los intereses de grupo prevalezcan sobre los nacionales. Entonces, en el libreto de la educación se necesita incluir, además, la genuina educación ciudadana de niños y jóvenes.

No vamos a discutir el hecho de que la educación no basta para erradicar la pobreza de un país. Pero ninguna otra medida podrá lograr ese objetivo sin una educación de calidad ni políticas de Estado que la protejan de las grandes y pequeñas ambiciones que la acechan sin tregua.

Comité Editorial Educacción

Publicado originalmente en Educacción.