Martes 22 de octubre de 2019

Docencia y aprendizaje en un mundo digital


Para: @profesores

Mensaje escrito desde Samsung Galaxy

Buenos días,

He de decir con antelación que el propósito de esta carta es, en parte, un intento por escapar de un curso que se esfuerza por adormecer cabezas y provocar bostezos. De los cuarenta cuerpos —parece que a eso se limita mi generación a ser en un salón de clases—, ninguno atiende. Algunos chicos se distraen con series de Netflix (la segunda temporada de Élite, fijo). Mientras otros prefieren resolver quizzes y tentar, a través de seis preguntas, “qué versión del Joker son” en BuzzFeed.

Sin embargo, la clase no se detiene y el sujeto de camisa sigue dictando como si todo marchase de maravilla. Va hora y media parado desplegando su monólogo. Seguro piensa: “Cuando les toque en el examen, veremos”. Por ello, me alegro de sobremanera cuando conozco docentes preocupados por el rendimiento del universitario promedio. Comprendo que es difícil competir contra esta interfaz absorbente que ha cambiado tanto las formas de aprender como las de enseñar. Sobre todo, en una era de modernidad líquida, en la que destacan la falta de compromiso y el fenómeno de lo inmediato.

Debido al uso indiscriminado de dispositivos móviles y redes sociales, los alumnos deberían animarse a profundizar los temas durante las clases, no fuera de ella. Porque, desafortunadamente, para esta oleada de futuros profesionales, hay “historias más interesantes” en Instagram y “memes más divertidos” en Facebook.

Bajo esa premisa, sonará desalentador para los agentes involucrados saber que los universitarios están abandonando su capacidad reflexiva. Creyéndolo todo a ciegas. Huyendo así, indefectiblemente, del germen de conocimiento. Aquella es, sin duda, una actitud torpe, pasiva y conformista que, como miembro de esta comunidad, rechazo profundamente. Por lo mismo, invoco a la autocrítica: ¿qué hacer como estudiantes para aportar en tiempos de nuevas tecnologías?

En ese sentido, se hace clave —pues requiere cierto nivel de compromiso— asociar los temas propuestos con experiencias o hábitos. Por ejemplo, buscar en Internet datos precisos que complementen la información del maestro durante los horarios de aprendizaje. Asimismo, películas, libros, artículos, música y videojuegos se asoman como herramientas en estas plataformas que estimulen al alumno a contrastar la materia, fomentando la discusión y el debate en las aulas.

Sin quitarle responsabilidad al estudiante, surge también la necesidad del profesorado de reinventarse: la falta de convencimiento, empatía e innovación son algunos problemas que pude recolectar entre los jóvenes del Campus. ¿Cómo hacerlo? Simple: volver a encantar con el discurso. Estoy convencido de que un profesor que atrape a sus alumnos mediante la palabra, es como un narrador de cuentos frente a una fogata capaz de vencer cualquier distractor. Y, por consiguiente, alimentar el espíritu curioso de aquellos que aún desean cultivar intelecto.

Por ejemplo, el muchacho sentado a mi costado ya dejó de sacarle la lengua a su celular y está confirmando el autor de un libro para citarlo en su próxima intervención. Y tú, ¿te apuntas a salir de la burbuja de “likes” y “corazones”?

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Carta a los estudiantes:

Enseño sobre tecnologías. Las uso, muchas me parecen alucinantes y creo en su poder pedagógico. Pero tengo una serie de dudas sobre la forma como las desaprovechas en clase.

Te cuento una anécdota.

Una vez en el curso Educación y Comunicación discutimos la noticia de que los franceses habían prohibido los celulares en la escuela. El ministro de ese país había dicho que lo hacían “pensando en el futuro”. Polemizamos sobre las ventajas y desventajas de la medida y si era replicable en nuestra universidad. A mi clase le pareció algo draconiano, exagerado, desfasado. Decían que las tecnologías móviles eran una gran ventaja, una síntesis del progreso del ser humano. Me aseguraron que nutrían su aprendizaje porque les permitían indagar más, profundizar y complementar ideas. Les di el beneficio de la duda.

Les pregunté si también los distraían. “¡No!”, respondió el coro. “No sea como ese otro profe que ha amenazado con romper algún celular si lo ve”, me advirtieron molestos.

Bueno —les dije—, entonces probemos. Traigan la próxima clase todos los aparatos móviles que gusten y sientan que contribuyen a “enriquecer la experiencia”. Demostremos de una buena vez que los franceses son unos aburridos.

Empezó la clase aquella. Participaban como de costumbre y los pocos que tomaban nota a mano dejaron de hacerlo, seguro para no perderse ese hito de la historia educativa que veníamos protagonizando.

Por mi parte, había preparado una presentación con algunos datos polémicos que empecé a soltar de a pocos para que no descubran mi trampa. Por ejemplo, afirmé que el 30% de la población peruana era analfabeta. “¡Qué injusticia!”, exclamaron los comprometidos estudiantes, “¡tenemos que hacer algo!”. Luego cité a un par de autores inventados con frases de cuestionable seriedad y libros de nombres dudosos (no puedo publicar ahora cuáles). Todos felices tomaron nota en sus laptops. El tecleo musicalizaba el vanguardismo educativo del momento.

Llegué casi a la hora de decir tantas tonterías y datos absurdos esperando que alguien guglee en sus celulares y advirtiera la farsa. Que me diga: “profe, no está bien lo que dice”. Nada. Me harté porque me pareció un experimento excesivo. “¿Por qué nadie ha verificado lo que he dicho? Vengo soltando datos falsos esperando que cumplan con eso que decían de las tecnologías… ¿No que los ayudaba a profundizar en las ideas?, ¿no que expandía el aula?”.

Hubo desconcierto. Sabían que las más de las veces usan su celular para cualquier otra cosa menos para eso.

Sentí que habíamos desperdiciado una hora de nuestra vida, pero que habíamos ganado evidencia para dudar.

Vi que en el fondo alguien no despegaba la cara de la pantalla sonriendo sin prestarme un céntimo de atención. “Y tú, que no te enteras de la tragedia, ¿con quién estás hablando por ahí?”. “Con mi flaca, profe”.  “¿Y de qué hablan? ¿No estamos en clase?”. “Estamos quedando para vernos después”, confirmó sin dejar de sonreír. Hubiera preferido que no venga. ¿De qué le sirve a un profesor que digan “presente” si luego van a estar en una dimensión virtual por quién sabe dónde?

No sostengo en esta carta que las tecnologías sean enemigas. Creo todo lo contrario, que son parte poderosa de nuestra cultura. Pero no se me quita de la cabeza que la forma como las venimos usando en clase aún dista de ser la ideal. Tampoco creo que deban prohibirse, aunque comprendo y respeto a los colegas que lo hacen. La clave está en tu actitud y cómo la vas madurando para aprovecharlas mejor. Pero también para desconectarte y regalarte un momento de pensar sin ellas. ¿Puede ser?

 

Créditos: Julio César Mateus, Diego Zegarra, César Nieri.

Ilustración: Juan Benitez.

Publicado originalmente en Conectados – Universidad de Lima