Lunes 04 de septiembre de 2017

Cómo funciona saber un poco acerca de todo


Todos aquellos que contamos con una curiosidad imposible de contener alguna vez tuvimos que enfrentarnos a la primitiva angustia de tener que elegir. Aún sin cumplir la mayoría de edad nos vemos forzados a elegir sólo uno de los intereses que — literalmente — nos mantienen despiertos de noche. Computación, física, biología, filosofía, no puede aprenderse todo, porque así no funciona el mundo. Pero si nos angustia tanto el ritual de elegir, de cortar en pedacitos nuestra curiosidad y quedarnos con sólo uno de ellos, quizás es porque hay algo en como somos que no se ve reflejado en la forma en que, como nos dicen, funciona el mundo.

Mi hermano Julián es jardinero. También es poeta. Y el año pasado presentó su primer disco como compositor, guitarrista, cantante y saxofonista. Durante los veranos es refugiero y con increíble dedicación se encarga de que la estadía de los aventureros que suben a la montaña sea segura y placentera. Para eso sube y baja la montaña varias veces por semana con un par de decenas de kilos de comida en la espalda. Lo que a veces le pasa a Julián es que no sabe bien cómo presentarse. Por suerte nunca se le presentó el problema de mandar a imprimir una tarjeta personal.

“El que mucho abarca poco aprieta”, nos advierten. Editamos nuestros currículums para que parezca que de hecho pasamos los últimos diez años formándonos como programadores, arquitectos, community managers, o lo que sea que creemos que va a interesarle a la persona que leerá. Celebramos a los expertos y nos ponemos ansiosos por describir como tales a las personas de quienes aprendemos. Pero esto no siempre fue así. De hecho, es bastante reciente.

Le decimos polímata a una persona que ‘aprendió mucho’ y que logró conquistar varias campos de estudio. En el siglo XV el polímata Leon Battista Alberti —autor, artista, arquitecto, poeta, sacerdote, lingüista, filósofo, criptógrafo, jinete, arquero e inventor—escribió: «un hombre puede hacer cualquier cosa si se lo propone». No por nada llamamos a este tipo de personas «renacentistas»: la polimatía era uno de los aspectos centrales del ‘hombre perfeccionado’ (aunque debería constarnos que hubo un gran número de “mujeres renacentistas” también).

Claro que compararnos con Da Vinci puede ser un poquito intimidante. Que tengamos una gran curiosidad difícilmente nos da el coraje para proclamarnos polímatas. En realidad lo que queremos decir es que disfrutamos leer sobre cualquier cosa y pasarnos horas en Wikipedia. Como dice Robert Twigger, aunque no seamos genios nos encanta darnos el gusto de explorar nuestra polimatía. Es en gran parte esta exploración lo que nos hace humanos.

De todos modos, el alejamiento de la formación polímata no fue un mero accidente histórico, sino que deriva su éxito de sus beneficios para el mercado. Es a Adam Smith a quien la atribuimos la perspicacia de haber identificado que la división del trabajo era el motor del capitalismo. Varios siglos después, vivimos en una época en la que la hiper-especialización está hiper-fomentada. Los más exitosos a nuestro alrededor suelen ser monómatas obsesivos: abogados especializados, filósofos especializados, científicos especializados. Y cuanto más nos especializamos, más nos diferenciamos y más dinero es probable que ganemos. Pero Smith — filósofo, profesor, astrónomo, autor, periodista, economista…—también notó que esta división, si se lleva a sus últimas consecuencias, puede generar una ‘mutilación mental’.

Durante mis primeras entrevistas laborales me esforzaba por ocultar aquella peculiar condición de estudiante de filosofía. Desplegaba cuanto recurso retórico pudiera para que no llegara el momento en el que indefectiblemente tuviera que confesar que “estudio filosofía, pero…”. “Pero no soy un inútil”, supongo que pensaba en mi cabeza. Porque si mucho se discute sobre la utilidad de la filosofía, no sé qué nos queda a los aspirantes a filósofos.

Eventualmente llegó el día en el que empecé a reconocerme a mí mismo como un bicho raro; como un estudiante de filosofía que juega con computadoras. La oportunidad surgió de una búsqueda laboral que procuraba encontrar esa extraña combinación entre la aptitud técnica y la formación teórica. A esa mélange mi querido amigo Alejandro Piscitelli la identifica con la ‘tercera cultura’ sobre la que escribía John Brockman en 1995. Esta tercera cultura se ubicaría entre la cultura de las artes y la cultura de las ciencias — que había identificado mucho tiempo antes C. P. Snow en 1959 — y encontraría a científicos y literatos conversando amablemente.

El mundo al que nos enfrentamos hoy parece beneficiar exactamente a aquellos que pueden ubicarse con comodidad en aquel mítico intersticio entre lo técnico-científico y lo artístico-filosófico-literario. Pero esto no se debe a que los campos estén bien definidos sino a todo lo contrario: aquellas distinciones incluso generan cierto escozor. En un mundo que parece mostrar cada vez mayor complejidad y con ella elevar la dificultad para resolver problemas, es sólo con una cabeza bien amplia que vamos a poder hacerle frente al futuro.

“Nos volvimos una sociedad rica en datos y pobre en significado”, dice Carter Phipps, pero eso no implica que debamos acabar con los especialistas, sin los cuales difícilmente serían posibles los pasos agigantados con los que avanza la ciencia. En cambio, debemos procurar una nueva ola de generalistas, que sea lo que sea que hagan, puedan ubicarlo en un contexto más amplio. La originalidad está sobrevalorada, y las ideas sólo se terminan de entender cuando podemos entretejerlas con el resto del conocimiento humano.

Es extraño, entonces, que sigamos insistiendo con que el que mucho abarca poco aprieta. Para Maya Angelou — poeta, periodista, bailarina, activista — la idea de que debemos limitar nuestro aprendizaje de cosas nuevas le parecía directamente estúpida:

I have a theory that nobody understands talent any more than we understand electricity. So I think we’ve done a real disservice to young people by telling them, “Oh, you be careful. You’ll be a jack-of-all-trades and a master of none.” It’s the stupidest thing I’ve ever heard. I think you can be a jack-of-all-trades and a mistress-of-all-trades. If you study it, and you put reasonable intelligence and reasonable energy, reasonable electricity to it, you can do that. You may not become Max Roach on the drums. But you can learn the drums. I’ve long felt that way about things. If I’m asked, “Can you do this?” I think, if I don’t do it, it’ll be ten years before another black woman is asked to do it. And I say, yes, yes, when do you want it?

En aquella emocionante entrevista, Angelou sostiene algo incluso más poderoso: estamos incapacitando a los niños cuando les decimos que no deben aprender algo. Porque estudiemos filosofía nada implica que no podamos ser programadores, o por dedicarnos a la jardinería ser peores abogados, poetas, músicos o ingenieros. Lo peor de todo es que nunca fue más fácil, en la historia de la humanidad, aprender como lo es ahora. En la época de Da Vinci su acceso a la información en gran parte fue posible dada su posición social, la casualidad de vivir en Firenze, y varias fortuitas contingencias más. Hoy, la posibilidad de aprender lo que sea está dada por el acceso a una conexión a internet y serán los polímatas quienes heredarán la Tierra.

¿Qué pasa cuando una bailarina se dedica a la pedagogía? ¿Qué podemos aprender cuando un cartógrafo se dedica a la teoría de redes? ¿Qué puede aprender la cardiología de la plomería? ¿Sirve la filosofía para desarrollar tecnología? Yo, por lo pronto, no tengo tarjeta personal. No sabría qué poner en ella.

Este artículo fue publicado originalmente en Medium por Valentín Muro. Mira la charla de Valentín para Mayéutica.